sábado, 2 de novembro de 2019

La misión suicida del mundo industrializado

El planeta ha pasado de una aparente estabilidad a estar al borde de la catástrofe en los años que dura una sola vida humana. Emitimos CO2 a una velocidad cien veces superior al de cualquier otro momento de la historia
PIXABAY
DAVID WALLACE-WELLS


Es peor, mucho peor, de lo que imaginas. La lentitud del cambio climático es un cuento de hadas tan pernicioso quizá como el que afirma que no se está produciendo en absoluto, que nos llega agrupado con otros en una antología de patrañas tranquilizadoras: que el calentamiento global es una saga ártica que se desarrolla en lugares remotos; que se trata más que nada de una cuestión de niveles del mar y litorales, y no de una crisis envolvente que no deja lugar intacto ni vida sin deformar; que es una crisis del mundo «natural», no del mundo humano; que estos son dos mundos distintos, y que hoy en día vivimos en cierto modo fuera de la naturaleza, o más allá, o como mínimo protegidos de ella, y no ineludiblemente en su seno, y literalmente desbordados por ella; que la riqueza puede servir de escudo contra la devastación del calentamiento; que la quema de combustibles fósiles es el precio de un crecimiento económico continuado; que este, y la tecnología que produce, inevitablemente encontrará el mecanismo para evitar el desastre medioambiental; que hay en el largo devenir de la historia humana algún parangón para la escala o el alcance de esta amenaza, algo capaz de infundirnos confianza a la hora de hacerle frente.

EN LA ATMÓSFERA YA HAY UN TERCIO MÁS DE CO2 QUE EN CUALQUIER OTRO INSTANTE DE LOS ÚLTIMOS 800.000 AÑOS, QUIZÁ INCLUSO DE LOS ÚLTIMOS 15 MILLONES DE AÑOS

Nada de eso es cierto. Pero empecemos por la velocidad del cambio. La Tierra ha experimentado cinco extinciones masivas antes de la que estamos viviendo hoy, cada una de las cuales supuso un borrado tan completo del registro fósil que funcionó como un reinicio evolutivo; el árbol filogenético del planeta se expandió y se contrajo a intervalos, como un pulmón: un 86 por ciento de las especies murieron hace 450 millones de años; 70 millones de años después, un 75 por ciento; 125 millones de años más tarde, un 96 por ciento; transcurridos otros 50 millones de años, el 80 por ciento; y 135 millones después, de nuevo el 75 por ciento. A menos que seas adolescente, probablemente leíste en tus libros de texto del instituto que estas extinciones fueron consecuencia del impacto de asteroides. En realidad, en todas ellas, salvo en la que acabó con los dinosaurios, intervino el cambio climático producido por gases de efecto invernadero. La más notoria tuvo lugar hace 250 millones de años; comenzó cuando el dióxido de carbono (CO2) aumentó la temperatura del planeta cinco grados centígrados, se aceleró cuando ese calentamiento desencadenó la emisión de metano, otro gas de efecto invernadero, y acabó con casi toda la vida sobre la Tierra. Actualmente, estamos emitiendo CO2 a la atmósfera a una velocidad bastante mayor; según la mayoría de las estimaciones, al menos diez veces más rápido. Ese ritmo es cien veces superior al de cualquier otro momento de la historia humana previo al comienzo de la industrialización. Y en la atmósfera ya hay un tercio más de CO2 que en cualquier otro instante de los últimos 800.000 años, quizá incluso de los últimos 15 millones de años. Entonces no había humanos. El nivel del mar era más de treinta metros más alto.
Mucha gente percibe el calentamiento global como una especie de deuda moral y económica, acumulada desde el comienzo de la Revolución industrial y que vence ahora, al cabo de varios siglos. De hecho, más de la mitad del CO2 expulsado a la atmósfera debido a la quema de combustibles fósiles se ha emitido en las tres últimas décadas. Lo que significa que hemos infligido más daño al devenir del planeta y a su capacidad para soportar la vida y la civilización humanas desde que Al Gore publicó su primer libro sobre el clima que en todos los siglos —todos los milenios— anteriores. Naciones Unidas estableció su marco sobre cambio climático en 1992, y al hacerlo dio a conocer inequívocamente el consenso científico al mundo entero, lo que significa que ya hemos generado tanta devastación a sabiendas como en nuestra ignorancia. El calentamiento global puede parecer una fábula que se desarrolla a lo largo de varios siglos e infligirá un castigo propio del Antiguo Testamento a los tataranietos de los responsables, ya que fue la quema de carbón en la Inglaterra del siglo XVIII la que prendió la mecha de todo lo que vino después. Pero ese es un cuento sobre villanía histórica que absuelve, injustamente, a los que viven ahora. La mayor parte de la quema se ha producido a partir del estreno de Seinfeld. Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, el porcentaje asciende hasta alrededor del 85 %. La historia de la misión suicida del mundo industrializado es una que dura lo que una sola vida humana: el planeta pasó de una aparente estabilidad a estar al filo de la catástrofe en los años que separan un bautizo o un bar mitzvá de un funeral.
Todos conocemos esos periodos vitales. Cuando nació mi padre, en 1938 —entre sus primeros recuerdos, las noticias de Pearl Harbor y las míticas fuerzas aéreas de las películas de propaganda que llegaron a continuación—, el sistema climático parecía, para la mayoría de los observadores, estable. Desde hace tres cuartos de siglo, los científicos entienden el efecto invernadero, entienden cómo el CO2 generado al quemar madera, carbón y petróleo recalienta el planeta y desquicia todo lo que sucede en él. Pero todavía no habían visto el efecto, no de manera fehaciente, aún no, lo que hacía de ello, más que un hecho palpable, una oscura profecía que no se cumpliría hasta un futuro muy remoto, quizá nunca. Cuando mi padre murió, en 2016, semanas después de la firma agónica del Acuerdo de París, el sistema climático amenazaba con despeñarse hacia la desolación, al superar un umbral de concentración de CO2 —400 partes por millón en la atmósfera terrestre, en el lenguaje desazonante y banal de la climatología— que había sido durante años la marcada línea roja que los ambientólogos habían trazado ante el rostro devastador de la industria moderna, como diciendo: «Prohibido el paso». Por descontado, hicimos caso omiso: apenas dos años después, alcanzamos un promedio mensual de 411, y nuestra culpa satura el aire del planeta tanto como el CO2, aunque hemos decidido creer que no la respiramos.
Ese único periodo vital es también el de mi madre: nacida en 1945, hija de judíos alemanes que huían de las chimeneas en las que incineraron a sus familiares, ahora disfruta su septuagésimo tercer año en el paraíso del confort estadounidense, un paraíso sustentado por las fábricas de un mundo en vías de desarrollo que, también en el transcurso de una vida humana y gracias a la producción de bienes, ha ascendido a la clase media global, con todas las tentaciones de consumo y todos los privilegios de combustibles fósiles que ese ascenso conlleva: electricidad, coches privados, viajes en avión, carne roja. Mi madre ha fumado durante cincuenta y ocho de esos años, siempre sin filtro, y ahora encarga sus cigarrillos por cartones desde China.
Es también el periodo vital de muchos de los primeros científicos que han dado públicamente la voz de alarma sobre el cambio climático, algunos de los cuales, por increíble que parezca, siguen en activo: tal es la velocidad con la que hemos alcanzado este promontorio. Algunos de estos científicos incluso llevaron a cabo su investigación con financiación de Exxon, una compañía que ahora es objeto de un gran número de demandas que buscan juzgar a los responsables del régimen de emisiones continuadas que, hoy en día y salvo que se produzca un cambio de rumbo en cuanto a los combustibles fósiles, amenaza con hacer, para finales de este siglo, más o menos invivibles para los humanos diversas zonas del planeta. Esa es la senda por la que vamos despreocupadamente lanzados: hacia los más de cuatro grados centígrados de calentamiento para el año 2100. Según algunas estimaciones, esto implicaría que regiones enteras de África, Australia y Estados Unidos, y partes de América Latina al norte de la Patagonia, y de Asia al sur de Siberia se volverían inhabitables debido al calor directo, la desertificación y las inundaciones. En el mejor de los casos, todas esas regiones —y muchas más— serían inhóspitas para el ser humano. Este es nuestro itinerario, nuestro punto de partida. Lo que significa que, si el planeta se llevó al borde de la catástrofe climática en el transcurso de una sola generación, la responsabilidad de evitarla recae también sobre una única generación. Y todos sabemos qué generación es esa: la nuestra.

REGIONES ENTERAS DE ÁFRICA, AUSTRALIA Y ESTADOS UNIDOS, Y PARTES DE AMÉRICA LATINA AL NORTE DE LA PATAGONIA, Y DE ASIA AL SUR DE SIBERIA SE VOLVERÍAN INHABITABLES

No soy ecologista, y ni siquiera me considero alguien muy apegado a la naturaleza. He vivido toda mi vida en ciudades, disfrutando de dispositivos fabricados mediante cadenas industriales de suministro sobre las que apenas me paro a pensar. Nunca he ido de acampada, al menos no por voluntad propia, y aunque siempre he pensado que era básicamente una buena idea mantener limpios los ríos y el aire, también he aceptado el planteamiento según el cual existe un tira y afloja entre el crecimiento económico y el coste para la naturaleza; y me decía que, bueno, en la mayoría de las situaciones me inclinaría por el crecimiento. Yo no voy a matar una vaca con mis manos para comer una hamburguesa, pero tampoco voy a hacerme vegano. Normalmente pienso que, cuando uno ocupa la cúspide de la cadena trófica, no hay nada de malo en hacer alarde de ello, porque no me supone ninguna dificultad trazar una frontera moral entre nosotros y los demás animales, y de hecho me parece ofensivo para con las mujeres y las personas de otras razas que de pronto se hable tanto de extender a chimpancés, simios y pulpos una protección legal análoga a los derechos humanos, apenas una o dos generaciones después de que acabásemos por fin con el monopolio que el hombre blanco había tenido sobre el concepto legal de persona. En estos aspectos —en muchos de ellos, al menos— soy como cualquier otro estadounidense que ha pasado su vida mortalmente satisfecho, y voluntariamente engañado, sobre el cambio climático, que no es solo la mayor amenaza a la que se ha enfrentado la vida humana en el planeta, sino una amenaza de una categoría y una escala por completo diferentes; a saber: la escala de la propia vida humana.
Hace unos años, empecé a recopilar historias sobre el cambio climático, muchas de ellas aterradoras, absorbentes e inquietantes. Las de menor escala casi podían leerse como fábulas: un grupo de científicos del Ártico que quedó atrapado cuando el deshielo aisló su centro de investigación en una isla también habitada por osos polares; un niño ruso que murió víctima del carbunco liberado al descongelarse el cadáver de un reno que había pasado décadas atrapado en el permafrost. Al principio, parecía como si las noticias estuviesen creando un nuevo género de alegoría. Pero, por supuesto, el cambio climático no es ninguna alegoría.
Desde 2011, en torno a un millón de refugiados sirios se vieron empujados hacia Europa por una guerra civil que el cambio climático y la sequía han agravado (y, en un sentido muy real, gran parte del «momento populista» que todo Occidente está atravesando es el resultado del pánico generado por esa llegada). La probable anegación de Bangladés amenaza con crear una cantidad diez veces superior de inmigrantes, o incluso mayor, que serán recibidos por un mundo aún más desestabilizado a causa del caos climático (y —cabe sospechar— menos receptivo cuanto más oscura sea la tez de los necesitados). También estarán los refugiados procedentes del África subsahariana, de Latinoamérica y del resto del sudeste asiático: unos 140 millones en 2050, según estimaciones del Banco Mundial; esto es, más de cien veces la «crisis» siria en Europa.
Las proyecciones de la ONU son aún más sombrías: 200 millones de refugiados climáticos en 2050. Esos eran todos los habitantes del planeta durante el apogeo del Imperio romano: imaginemos que todas y cada una de las personas vivas por aquel entonces, en cualquier rincón del globo, se quedasen sin hogar y se viesen obligadas a vagar por territorios hostiles en busca de uno nuevo. Según Naciones Unidas, el extremo superior de lo que es posible en los próximos treinta años es considerablemente peor: «hasta 1.000 millones, o más, de personas pobres y vulnerables con escasas opciones más allá de la lucha o la huida». 1.000 millones o más. El conjunto de la población mundial en fecha tan reciente como 1820, cuando la Revolución industrial estaba ya muy avanzada. Lo cual sugiere que quizá sería preferible entender la historia no como el lento paso del tiempo, sino como un globo de crecimiento demográfico que se expande, haciendo que la humanidad se extienda a su vez por el planeta casi hasta un eclipse total. Uno de los motivos por los que las emisiones de CO2 se han acelerado tanto en la última generación sirve también para explicar por qué da la impresión de que la historia se desarrolla a una velocidad mucho mayor, de que suceden muchas más cosas, en todas partes, cada año: esto es lo que ocurre cuando hay tantísimos humanos. Se calcula que el 15 % de toda la experiencia humana acumulada a lo largo de historia corresponde a personas que están vivas actualmente, que caminan por el mundo dejando su huella de carbono.

LAS PROYECCIONES DE LA ONU VATICINAN 200 MILLONES DE REFUGIADOS CLIMÁTICOS EN 2050

Esas cifras de refugiados son las estimaciones más elevadas, producidas hace años por grupos de investigación diseñados para llamar la atención sobre tal o cual causa o cruzada; con toda probabilidad, los números reales no alcanzarán valores tan altos, y la mayoría de los científicos se inclinan por previsiones del orden de las decenas —no centenares— de millones de personas. Pero que esas cifras sean solo el máximo de lo que entra dentro de lo posible no debería hacer que nos confiásemos demasiado: cuando descartamos la peor de las posibilidades, se distorsiona nuestra percepción de las situaciones futuras más probables, que pasamos a considerar como escenarios extremos para los que no es necesario prepararse tan concienzudamente. Los cálculos más altos marcan los límites de lo posible, dentro de los cuales podremos imaginar mejor lo que es probable. Y quizá incluso resulten ser una referencia más fiable, si tenemos en cuenta que, en el medio siglo de angustia climática que ya hemos padecido, los optimistas nunca han acertado.
Mi recopilación de historias iba aumentando cada día, pero muy pocos de los recortes, incluso los sacados de investigaciones nuevas publicadas en las revistas científicas más prestigiosas, se reflejaban en la cobertura sobre el cambio climático que el país veía en la televisión y leía en sus periódicos. Estos informaban sobre el cambio climático, por supuesto, y lo hacían incluso con cierto toque alarmista, pero la discusión sobre sus posibles consecuencias estaba engañosa- mente acotada, y se limitaba de un modo casi invariable a la cuestión de la subida del nivel del mar. Igual de preocupante era el hecho de que, habida cuenta de la situación, la cobertura era optimista. En fecha tan reciente como 1997, cuando se firmó el emblemático Protocolo de Kioto, dos grados centígrados de calentamiento global se consideraban el umbral para la catástrofe: ciudades inundadas, devastadoras sequías y olas de calor, un planeta sacudido a diario por huracanes y monzones que antes llamábamos «desastres naturales», pero pronto normalizaremos tan solo como «mal tiempo». Más recientemente, el ministro de Asuntos Exteriores de las islas Marshall propuso otro nombre para ese grado de calentamiento: «genocidio».
Ese escenario es casi inevitable. En la práctica, el Protocolo de Kioto no logró nada: en los veinte años transcurridos desde su aprobación, a pesar de todo el activismo y la legislación en torno al clima y de los avances en energías verdes, hemos generado más emisiones que en los veinte años anteriores. En 2016, los acuerdos de París establecieron dos grados como objetivo global, y, según los periódicos, ese nivel de calentamiento sigue siendo algo así como el escenario más aterrador que es razonable considerar; apenas unos años después, sin que ninguno de los países industrializados estén en vías de cumplir con sus compromisos de París, un aumento de dos grados parece más bien la mejor situación posible, difícil de creer hoy en día, con toda una campana de Gauss de posibilidades más horribles que se extienden más allá y, aun así, se mantienen con cuidado lejos del escrutinio público.
Para quienes relatan sucesos sobre el clima, contemplar tan espantosas posibilidades —y el hecho de que hemos desperdiciado nuestra oportunidad de acabar en algún punto de la mitad buena de esa campana— se convirtió por algún motivo en algo indecoroso. Las razones son casi demasiadas como para enumerarlas, y tan vagas que quizá sería preferible llamarlas impulsos. Optamos por no hablar de un mundo cuya temperatura ha aumentado más de dos grados quizá por pudor; o por puro temor; o por miedo a ser agoreros; o por una fe tecnocrática, que en realidad es fe en el mercado; o por deferencia con los debates partidistas, o incluso a las prioridades ideológicas; o por un escepticismo respecto a la izquierda ecologista como el que yo había sentido desde siempre; o por desinterés por los destinos de ecosistemas remotos, como el que también había experimentado toda mi vida. Sentíamos confusión sobre la ciencia y sus muchos términos técnicos y sus cifras difíciles de interpretar, o al menos intuíamos que todo ello confundiría a los demás fácilmente. Nos vimos lastrados por nuestra parsimonia a la hora de comprender la velocidad del cambio, o por una confianza semiconspirativa en la responsabilidad de las élites globales y sus instituciones, o por una obediencia a ellas, con independencia de nuestra opinión al respecto. Quizá fuera simplemente que nos sentíamos incapaces de dar crédito a las previsiones más terroríficas porque apenas acabábamos de oír hablar del calentamiento, y nos decíamos que las cosas no podían haber empeorado tantísimo desde la primera entrega de Una verdad incómoda; o porque nos gustaba desplazarnos en coche, comer ternera y vivir tal y como lo habíamos hecho hasta entonces, y no queríamos darle demasiadas vueltas al asunto; o porque nos sentíamos tan «posindustriales» que no podíamos creer que aún estuviésemos extrayendo aliento material de los hornos de combustibles fósiles. Quizá fuera por nuestra facilidad sociopática para incorporar las malas noticias a la noción enfermiza y variable de lo que se consideraba «normal», o porque echábamos un vistazo al exterior y parecía que las cosas seguían en su sitio. Porque estábamos aburridos de escribir, o de leer, la misma historia una y otra vez, porque el clima eran algo tan global —y por tanto no tribal— que inspiraba solo las políticas más sensibleras, porque aún no éramos del todo conscientes de hasta qué punto devastaría nuestras vidas, y porque, egoístamente, nos daba igual destruir el planeta en perjuicio de aquellos que vivían en otros lugares, o de quienes aún no habían nacido pero lo heredarían de nosotros, indignados. Y porque habíamos depositado una fe excesiva en la forma teleológica de la historia y en la flecha del progreso humano para contemplar la posibilidad de que el arco histórico tendiese hacia otra cosa que no fuera la justicia ambiental. Porque, si éramos del todo sinceros con nosotros mismos, ya veíamos el mundo como una competición de suma cero por los recursos y creíamos que, ocurriese lo que ocurriese, probablemente seguiríamos siendo los vencedores, al menos en términos relativos, habida cuenta de los privilegios de clase y de nuestra fortuna en la lotería del nacimiento. Quizá temíamos demasiado por nuestros propios puestos de trabajo e industrias como para preocuparnos por el futuro del trabajo y la industria; o puede que también tuviésemos verdadero pavor a los robots, o estuviésemos demasiado ocupados mirando nuestros flamantes teléfonos; o quizá, por fácil que nos resultase ceder al reflejo apocalíptico en nuestra cultura y a la vía hacia el pánico en nuestra política, de verdad sufríamos de un sesgo favorable a las buenas noticias a la hora de abordar la situación general; o, en realidad, quién sabe por qué: son tantas las facetas del caleidoscopio climático que transforman nuestras intuiciones sobre la devastación medioambiental en una asombrosa despreocupación, que es difícil poner en perspectiva el panorama completo de la distorsión climática. Pero sencillamente no quisimos, o no pudimos, o en cualquier caso no afrontamos lo que la ciencia nos estaba diciendo.
Este artículo corresponde al primer capítulo de "El Planeta inhóspito".

Violación por turnos, sentencia inhumana

La sentencia de una menor violada por turnos en Manresa obliga a la mujer, no solo a negarse a ser violada bloqueando el instinto de la propia supervivencia, también tendría que ser precavida y no beber para no caer en situación de "inconsciencia"

La Audiencia de Barcelona ha considerado que la violación "por turnos" que sufrió una menor de Manresa en 2016 mientras estaba inconsciente no es una agresión sexual (castigada con mayor pena) sino un abuso sexual. El motivo es que la menor no se opuso, puesto que no podía al estar insconsciente, así que los acusados "pudieron realizar los actos sexuales sin utilizar ningún tipo de violencia o intimidación", el elemento necesario para que se considere agresión, según el Código Penal.
Esta sentencia agrava aún más la presión sobre la víctima. Cuando una mujer es violada, no solo debería mostrar claramente que no está consintiendo -lo que supone a veces bloquear el miedo, el shock o el instinto de la propia supervivencia-. También tendría que ser precavida y no caer en una situación de "inconsciencia", en este caso debería no haber bebido ni haber fumado un porro, para estar siempre alerta y poder decir "no" en el caso de que la lleven a una caseta y la violen por turnos unos chicos que luego amenazan a los testigos si lo cuentan. Demasiada tarea para una situación traumática. Demasiada responsabilidad para una víctima. Muchas expectativas para un simple ser humano.
Y demasiada complacencia con quienes, despojados de todo rasgo humano y empatía, son capaces de coger un cuerpo sin mente, venas y músculos vagando sin rumbo ni consciencia, para descargar sus instintos delictivos y feroces. Ella no pudo oponerse, pero ellos sí estaban conscientes y tuvieron la ocasión de renunciar y no aprovecharse de un igual en situación de desigualdad. Seguro que el fallo encaja con el Derecho y el Código Penal, pero es humanamente incomprensible que a ella le perjudique su insconciencia y a ellos no se les castigue por cometer el delito conscientes de que manipulaban a un ser humano con la voluntad perdida.
Es lamentable que nuestro Código Penal no sea incontrovertible en estos casos y que los magistrados, que se quejan en la sentencia de "la presión mediática que está rodeando los juicios por delitos contra la libertad sexual", no hayan encontrado la forma de que ahorme en su escrito la violación que describen en los hechos probados. Que la mujer esté inconsciente no puede convertirse en una ventaja para los violadores.
Los jueces declaran probado que, pasada la medianoche, uno de los condenados a 12 años, Bryan A.M., llevó a la menor, inconsciente, a una caseta abandonada. Ahí la penetró y luego volvió a la fiesta para decirle a otros cuatro colegas que era "su turno". El turno para embestir a un cuerpo que no se puede resistir, proteger o pedir ayuda. Justamente ese estado es el que se ha considerado para castigar doblemente a la víctima, con una sentencia que insiste en pedirnos más de lo que humanamente se nos puede exigir.

Violencia judicial

El 14 de Marzo de 1990, el parlamento gallego a propuesta de Camilo Nogueira, portavoz entonces del PSG-Esquerda Galega, debatió la autodeterminación de Galicia y el "autogobierno nacional en una perspectiva europea". La resolución sólo contó con los votos de los dos diputados de ese partido. Pero se debatió y se votó.
En años posteriores, numerosos municipios gallegos, bastantes gobernados por el PP, debatieron el derecho a la autodeterminación de Galicia. En unos casos, el voto mayoritario fue a favor y en muchos otros en contra. No tenía valor jurídico, pero se debatió y se votó. Porque tanto el parlamento como esos ayuntamientos ejercían un derecho democrático a debatir y dialogar.
Hoy, el presidente del parlamento gallego de entonces, que era del PP, y numerosos alcaldes estarían procesados por la Audiencia Nacional y por el Supremo. Y el Tribunal Constitucional se habría pronunciado declarando inconstitucionales esos ejercicios de democracia. En realidad, lo que desde entonces debiera ser considerado políticamente establecido y parte del juego político asentado ha sido ahora revisado y prohibido por el Constitucional.
Esta es la España de hoy. El Constitucional, el Supremo y la Audiencia Nacional, antes TOP, son la garantía de que no tengamos derecho a debatir, votar y manifestarnos. El poder judicial es el dueño último de nuestras vidas.
¿Hay magistrados, jueces y fiscales demócratas? Sin duda, y lo mal que lo deben de estar pasando, pero si quieren saber quiénes son dueños últimos de nuestros destinos tienen que conocer la ideología de personajes como Lesmes o Marchena. Porque el poder judicial no es un concepto, es el poder que ostentan las personas que tienen un cargo de poder dentro de ese estamento del Estado y esas personas tienen ideología y esa ideología es la del poder judicial. Creo que negar eso o no considerarlo con preocupación sólo puede responder a un interés en preservar en el oscurantismo un poder esencial y que en la actualidad es determinante en el sistema político de este Reino de España.
El período político iniciado en la Transición acabó hace años cuando el Tribunal Constitucional anuló lo votado por el parlamento catalán, que había sido aprobado en referéndum por el electorado catalán, e impuso un redactado cocinado entre ese grupo de personas. Desde ese momento a los catalanes les fue negado su autogobierno, un estatuto votado por ellos y les fue impuesto otro texto. Y desde ese momento el sistema político español, que ya no tenía una jefatura del estado por elección democrática sino impuesta por Franco, pasó a no tener un verdadero poder legislativo ni ejecutivo. Es el poder judicial quien corrige y decide las leyes, un poder que tampoco es elegido democráticamente.
Puede que exista una solución jurídica para hacer reversible aquella decisión del Constitucional, aunque yo no la vea ni crea que el Estado profundo y el poder financiero que ha tomado el control total del Estado a través de la Justicia lo desee, pero anular esa enorme violencia judicial supondría una crisis institucional y política total. Es decir, el final formal de este sistema nacido de los pactos del 78.
Pero, ¿quién mejor que el Presidente del Consejo General del Poder Judicial para poner negro sobre blanco la preeminencia sobre los poderes que nacen de la elección ciudadana que se arrogó la Justicia y el lugar que ocupa ahora en lo que fue, siempre malamente, un sistema de poderes?
Así se refirió Carlos Lesmes a lo que está aconteciendo en Cataluña, "ciudadanos cegados por la irracionalidad están atacando de forma frontal la base de nuestra democracia para quebrar mediante la fuerza y la violencia el modelo de convivencia sobre el que se asientan los principios básicos de nuestra sociedad (...)". Un juicio completo realizó en el mismo acto el general Presidente del Tribunal Militar Central refiriéndose a "burdos, contumaces y reiterados ataques que viene recibiendo el estado de derecho". Y todo ello en presencia del Jefe del Estado y de las Fuerzas Armadas.
Esas valoraciones políticas y la descalificación de una parte de la ciudadanía en un conflicto político tan profundo deja desamparada moral y políticamente a esa parte de la población y abre campo a la discrecionalidad en la persecución. No es raro que hoy gran parte de la sociedad catalana no crea en las instituciones de este Estado.
El legislativo fue vaciado de su función y el Gobierno, lo que debiera ser el ejecutivo, no parece controlar el proceso político. Son esos poderes del Estado que denuncian y amenazan a esa mitad de la población adulta catalana quienes ocupan todo el espacio. El actual sistema político español, dada su evolución en los últimos años, no cumple, según mi opinión, con las garantías democráticas que suscribió en su día en el Tratado de Lisboa, ¿merece estar dentro de la Unión Europea? Creo que no.

venres, 1 de novembro de 2019

Cómo gestionar la muerte con los niños: hagámosles partícipes de los ritos y evitemos los "está en un lugar mejor"

Las psicólogas inciden en que la participación en este tipo de ritos depende de la madurez del niño, pero a partir de primaria pueden comprenderlos y ser positivos

"Aislando a los niños de un proceso natural los hacemos más vulnerables", dice la psicóloga infantil Ainhoa Plata, aunque aboga por replantearse los rituales "y que cada familia decida"

Para comunicarlo, recomiendan evitar metáforas: "Si no se habla de religión en casa, decir 'que el abuelo se ha ido al cielo' va a confundirles, ¿qué hace ahí? ¿qué es eso?"



Belén Remacha


Es una escena habitual, al menos en la España urbana: en los entierros solo suelen participar adultos. Se sustenta con algunos datos, como los del 'Estudio de investigación sobre el duelo infantil', llevado a cabo por el servicio de Funerarias Albia, que concluye que solo uno de cada cuatro niños y adolescentes participan en actos de despedida a familiares, y el porcentaje es casi nulo si nos referimos a menores de 8 años. "Tradicionalmente, se ha solido aislar a los niños de estos procesos para protegerlos, pero con esta sobreprotección lo que se ha conseguido ha sido convertirlos en adultos con falta de herramientas", resume la psicóloga infantil Ainhoa Plata. "Aislando a los niños de un proceso natural, aunque doloroso, los estamos haciendo vulnerables en el futuro ante las pérdidas que irán experimentando".
Pero entonces, ¿a partir de cuándo es adecuado llevar a un niño a un funeral? Las psicólogas coinciden en que no hay una edad específica, sino un nivel de madurez que depende de cada menor. Aunque antes de la Primaria sí puede ser, por lo general, pronto, "ya no por el acto en sí, sino porque lo que va a ver es desagradable, gente llorando… no van a entender la situación", indica también la terapeura Mónica Blasco. Luego hay un periodo, entre los 6 y 9 años, en los que depende de cada menor, pero "en los últimos años de primaria y la adolescencia desde luego les va a venir bien para la aceptación". Sobre todo, apuntan la idea de que no tiene que ser un "todo o nada" a la hora de ser parte de los rituales o compartir el dolor: "Pueden ir un ratito al tanatorio, solo al funeral… lo que cada familia vea", sigue Blasco.

El abuelo no "está dormido"

Ainhoa Plata clasifica así el duelo según la etapa de la infancia: "Antes de los 5 años todavía no comprenden que la muerte es algo irreversible. No es raro que tras comunicarlo sigan preguntando si la persona (o animal) va a volver. Hay que ir trabajándolo conforme vayan adquiriendo de forma natural la noción del tiempo. Entre los 5 y 8 años comienzan a entender que es algo definitivo, pero aún no lo asocian como algo que les pueda suceder a ellos. Aquí ya es importante no aislarlos de los procesos de duelo y de despedida, es recomendable hacerles partícipes. A partir de los 9 años comprenden que la muerte no solo es irreversible, sino también universal. Es normal que aparezcan dudas, miedos y que hagan preguntas incómodas a los adultos, que no hay que esquivar".
Antes del proceso de asimilación hay otro momento delicado: ¿cómo se comunica? En primer lugar, dice Mónica Blasco, es importante no postergar la noticia, porque se va a dar cuenta igual. "Los niños no son tontos y saben que algo pasa. Es como cuando se intenta ocultar un divorcio, que también es una forma de duelo. Ellos se preguntan ¿y por qué mis padres llevan un mes sin dormir juntos?". Así que hay que hacerlo "de manera tranquila, una persona muy cercana y en el contexto adecuado; en casa, por ejemplo, no en un parque". En síntesis, que todos los elementos les transmitan "protección".
Y una vez conseguido ese ambiente "no hacen falta detalles escabrosos ni un powerpoint, pero sí decirles las cosas como son. Y dejarse guiar por la propia madurez del niño: si hace diez preguntas, es que está preparado para escuchar esas diez respuestas. Prestando especial atención si el niño es introvertido y creemos que tiene inquietudes que no se atreve a expresar". Hablar las cosas claras significa también "evitar metáforas": "Si en casa está presente la religión bien, pero si nunca se ha hablado de Dios no le podemos decir de repente 'que el abuelo se ha ido al cielo', les va a crear más confusión: ¿qué hace ahí? ¿qué es eso? Tampoco es bueno un 'se ha ido a un sitio mejor': ¿dónde? ¿y por qué no me ha llevado a mí? Ni un 'se ha dormido', porque entonces, ¿y por qué no está en la cama?".

Cómo gestionar una muerte traumática

Además de la edad y madurez del niño o niña, tampoco es lo mismo el tipo de fallecimiento: un accidente de coche frente a una enfermedad larga, un anciano o un niño. "Hay muertes que generan una fase de negación o de shock que son más complicadas de gestionar, exactamente como nos pasa a los adultos", responde a eso Mónica Blasco. Una situación complicada también puede amplificar un posible miedo a morir, común a muchos niños. Pero todo es "normal y adaptativo. Se explica, si es el caso, que ha sido un accidente y que estamos ahí para protegerles. Tendemos a hacer creer que solo mueren personas mayores y cuando ocurre algo así es aún difícil de entender para un niño. En esos casos hay que dejarles claro que no están solos, y trabajarlo y hablarlo mucho".
También están de acuerdo las psicólogas en que tantas vueltas sobre el asunto tienen mucho que ver con que la muerte, en occidente y sobre todo en zonas urbanas, sigue teniendo componentes tabú. Pero, según relata Carmen Herrera desde el Centro Psicológico de Canarias (CEPISCAN), que cuenta con una unidad específica de duelo en la infancia y adolescencia, algo está cambiando en los últimos tiempos: "Se nota que hay un incremento de consultas acerca de los procesos de duelo. Las familias lo afrontan de otra manera, le dan importancia a hablarlo y a obtener recursos y herramientas".
"Sobre todo acuden a terapia cuando observan cambios de comportamiento, cuando el niño empieza a estar más callado, por ejemplo. Si un niño no pregunta, no habla, no llora… seguramente no lo está gestionando bien y necesita ayuda. Ocurre en fallecimientos pero también en otros tipos de crisis, como momentos de enfermedad o separaciones", continúa Herrera.
Como manera de ejecutar ese cambio de mentalidad, Ainhoa Plata llama a replantearse los rituales y "las formas culturales impuestas" para despedirse de un ser querido, "que conllevan un procedimiento determinado y unos tiempos determinados". "En mi opinión, esto es algo muy negativo para un proceso de duelo. Cada persona o unidad familiar debería poder sentirse libre de elegir qué tiene sentido para ellos y qué no. Así que, para los niños, exactamente lo mismo".

El origen gallego de los zombis modernos



Inés Almendros

El pasado mes de julio 2017 fallecía el creador de las películas de zombis modernos, George A. Romero, autor de míticos filmes como La noche de los muertos vivientes. Sin embargo, poca gente sabe que Romero procedía de una importante familia gallega y que sus tías de A Coruña fueron determinantes para que nacieran los zombis modernos. Hoy, zombis gallegos en Gente Yold.

Aunque ya se habían hecho antes otras películas y libros sobre zombis, ninguna había tenido el impacto y el éxito que La noche de los muertos vivientes (1968), el film más importante del famoso cineasta estadounidense George A. Romero, que falleció el pasado mes de julio y al que se le considera el creador de los zombis modernos.



Poca gente sabe, sin embargo, que el mundo de los zombis o muertos vivientes creados por este autor tiene un origen gallego. También se desconoce el hecho de que fueron sus tías de A Coruña las que pusieron el dinero para que pudiera rodar la famosa película.


SUS TÍAS NO SOLO HABÍAN CONTRIBUIDO FINANCIERAMENTE A LA CREACIÓN DE LA PELÍCULA SOBRE ZOMBIS, SINO QUE TAMBIÉN LE HABÍAN TRASMITIDO LA HERENCIA DE LAS HISTORIAS TRADICIONALES DE LA GALICIA MÍSTICA Y OSCURA.

Él mismo desveló esta interesante historia en una entrevista, publicada en 2007 en el periódico ‘La opinión de la Coruña’, en la que confesó que sus tías no solo habían contribuido financieramente al rodaje del film, sino que los relatos familiares sobre las historias y mitos gallegos habían sido su inspiración. “Esas leyendas están en mi subconsciente, no puedo negarlo”, reconoció el director en la entrevista, aludiendo a historias de la mitología popular como la de ‘a santa compaña’, una procesión de “ánimas”, aparecidos o muertos vivientes, que, según la historia, recorren las aldeas de Galicia (también de Asturias) para visitar las casas en las que pronto habrá una muerte, con el fin de avisar a sus habitantes.

De Galicia al mundo entero

George Romero nació en Nueva York, aunque su familia tenía orígenes bien distintos. Su abuelo paterno, Antonio Romero, había nacido en A Mourela do Medio, aldea de la parroquia de Santa María de Neda, junto a la Ria del Ferrol, aunque como tantos otros paisanos emigró a Cuba buscando un futuro mejor. Allí se casó con otra española, Josefa González, aunque nunca dejó de volver a la ‘terruña’ y, como solían hacer todos los indianos, la familia dividía su tiempo entre La Habana y Galicia. El padre del director, Jorge Marino Romero, nació así en A Coruña y vivió allí sus primeros años, antes de que su inquieta familia se instalara en la Gran manzana. Allí, en la ciudad de los rascacielos, Jorge M. Romero se casó con la lituana Ann Dvorski e introdujo en la familia el interés por el cine, ya que rodó algunas películas caseras con su cámara de 8 mm: una afición que sin duda traspasó a su hijo George Alejandro Romero Dvorski.



HEREDERO DE UNA SAGA DE GALLEGOS COSMOPOLITAS, EMPRENDEDORES Y AVENTUREROS, GEORGE ROMERO COMENZÓ SU CARRERA GRABANDO CORTOS, COMERCIALES Y PROGRAMAS DE TELEVISIÓN.

Heredero pues de una saga de gallegos cosmopolitas, emprendedores y aventureros, George Romero comenzó su carrera grabando cortos, comerciales y programas de televisión y con poco más de veinte años decidió fundar una productora con algunos amigos. Pletórico de ideas, pero sin los fondos necesarios, el joven George recurrió a sus dos tías de A Coruña, Purificación y Nena Romero, dos mujeres independientes y adineradas por los negocios heredados de Cuba y otros que regentaban en Galicia, para que le prestaran los fondos necesarios y poder rodar así su primera película: La noche de los muertos vivientes. El resto vino rodado: el film triunfó en todo el mundo y consiguió un sustancioso y espectacular éxito de taquilla. Aquellos muertos realistas que vagaban por los campos persiguiendo a los vivos pusieron los pelos de punta al mundo entero. A partir de ahí, Romero continuó su carrera cinematográfica especializándose en cine de terror y de zombis. Así llegaron Martin (1977), Zombi (1978), El día de los muertos (1985), La tierra de los muertos vivientes (2005), El diario de los muertos (2007), La resistencia de los muertos (2009) y Atracción diabólica (1988), entre otras.



Aunque fue criticado en muchas ocasiones por reincidir en la misma temática, lo cierto es que George Romero consiguió un público muy fiel y logró mantenerse toda su vida gracias a su profesión. No menos cierto es, por otra parte, que su producción cinematográfica fue también el germen para posteriores títulos “zombis” que todos conocemos, como The Walking Dead, uno de los clásicos de nuestra televisión contemporánea, o el video juego The Last of Us.


“ESAS LEYENDAS ESTÁN EN MI SUBCONSCIENTE, NO PUEDO NEGARLO”, RECONOCIÓ EL DIRECTOR EN ESTA ENTREVISTA, ALUDIENDO A HISTORIAS COMO ‘A SANTA COMPAÑA’.

Así se explica, por tanto, el origen y el vínculo gallego de los zombis modernos que todos conocemos y que no solo fueron fuente de financiación gallega, sino también inspiración de leyendas como ‘a santa compaña’: esa procesión de almas en pena que vagan por las noches gallegas sin saber, tal vez, que son primos de los modernos zombis de Hollywood e inspiración para el cine de terror más popular.


Cuando Vigo vivía en el Kremlin

Dos libros rememoran la crónica de la movida viguesa de los 80  en el 25 aniversario (Novembro 2011) del hermanamiento con la capital y el lema "Madrid se escribe con V de Vigo"

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Mar Mato
En noviembre 2011 hizo 25 años, cuando un tren llegado de Madrid paraba en Vigo con una comitiva en la que se encontraban Alaska y otros posmodernos. Era el hermanamiento de las movidas de Vigo y Madrid. Como celebración de aquel hito en una ciudad que luchaba contra el gris, dos libros están a punto de llegar a las librerías para rescatar la crónica de una época. Buques insignias como el Ruralex, Kremlin o Satchmo ya no existen pero "Vigo a 80 revolucións por minuto" y "Vigo. A explosión dos 80" los rescatan para comprender una etapa a la que la urbe actual debe gran parte de lo que hoy es.
En La era del vacío, el sociólogo Lipovetsky señala que "a cada generación le gusta reconocerse y encontrar su identidad en una gran figura mitológica o legendaria". Para los vividores de la noche viguesa de los 80, quizás Prometeo rondase su cabeza, ya que como él, ellas y ellos intentaron arrebatar a los dioses el fuego de la libertad, la pasión y el divertimento a costa, muchos, de un castigo.
Las generaciones postmovida viguesa –más abrazadas a Narciso y su sensación de vacío interior– han crecido escuchando leyendas de una época con la banda sonora de cualquier tiempo pasado fue mejor. Algunos nostálgicos incluso instan a rescatar aquella otra movida de los 80 en la crisis del actual siglo cibertribalista.


"Vin en internet algún debate sobre a posibilidade de resucitar a movida de Vigo (escribe el periodista Emilio Alonso). Sinceramente, paréceme unha parvada. O Vigo de hoxe vive un momento lúdico-cultural que está a anos luz daqueles tempos escuros e heroicos da movida. Volver a eles creo que é unha insensatez". El fotógrafo Víctor De Las Heras (que se inició en la fotografía en 1983 tras estudiar Periodismo y Publicidad en Madrid) tampoco se muestra proclive a la magnificencia. "La movida de Vigo se ha idealizado. Fue, como la moda, un producto efímero".
Tanto De Las Heras como Alonso demuestran a través de palabras e imágenes que eran tiempos diferentes. Lo prueban en sus libros Vigo. A explosión dos 80 (con imágenes de Víctor De Las Heras y textos de Fernando Franco) y Vigo a 80 revolucións por minuto (una crónica escrita por Emilio Alonso) que está a punto de publicar Edicións Xerais y con los que se ofrece una mirada profunda a aquellos años, sus gentes y sus locuras.
Vigo a 80 revolucións por minuto se inicia con el comienzo mismo de la movida estableciendo el "acto fundacional" en el primer concierto de Siniestro Total el 27 de diciembre de 1981 en el Teatro Salesianos, dentro del festival Nadal Rock, organizado por el excantautor Bibiano Morón (productor ahora de conciertos de Santana, Mika, James Blunt o Leonard Cohen en la ciudad).
Entre los asistentes, el propio Emilio Alonso. "O concerto foi en decembro e eu marchaba á mili en xaneiro. Quería vivir os meus últimos días de liberdade", recuerda quien sería posteriormente la voz y pensamiento del programa de radio "A trincheira" por donde todos los grupos de la época pasaban para mostrar sus maquetas. Todos, incluso Siniestro Total que rompía a su manera el pacto de estrenar cada single en Los 40 Principales.
Los chicos de Siniestro, recuerda Alonso, acudían un día antes a la radio de A Trincheira para adelantar sus canciones que eran cortadas con una entrevista "para así non incumprir o contrato".
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Eran aquellos unos tiempos en los que Vigo no era la sombra de lo que es ahora contando con solo media docena de cafeterías y un desierto a partir de las diez de la noche. "De luns a venres (recuerda el autor de Vigo a 80 revolucións por minuto) traballaba todo o mundo, incluso os da movida que saían os venres e sábados", añade.
La movida se limitaba a los fines de semana y en ella capitaneaba la música con una referencia inicial inexcusable para los grupos, el local de jazz Satchmo. Alonso recuerda lo difícil que lo tenían los artistas jóvenes para exponer, ante la carencia de galerías, solo apoyados por bares o cafeterías que les cedían su espacio. En el campo de la moda, los avances fueron en un inicio tímido para después expandirse la inquietud de la mano de nombres como Cosme Schwartz, Cortemans, Stylmark o María Moreira; sin olvidar a la estilista Mara Costas (por cuya peluquería pasaron los pelos de la movida viguesa) o Begoña Gómez, creadora de la agencia de modelos Elduayen.
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Las bandas de música, por su parte, se sumaban al carro ansiosas más de pasarlo bien que de aspirar a vivir de los discos. Al menos, al principio de la movida. Las facilidades para que los grupos grabaran eran nulas hasta que a mediados de los ochenta se creó el Aula de Música Electrónica en la actual Universidade Popular; y abrió Estudios Musicales en el barrio de Teis ofreciendo locales de ensayo también.
No hay que olvidar que los grupos se buscaban la vida como podían. Los miembros de Aerolíneas Federales, por ejemplo, aún recuerdan con gratitud como Mara Costas les dejaba ensayar en su casa.
En Vigo a 80 revolucións por minuto tampoco se olvidan de la irreverencia de artistas y músicos en aquellos días. Una de tantas anécdotas performativas la ofrecieron Alberto Comesaña, Cholo Soto, Renato Cebado, María Costa y Jorge Beltrán en tres locales de la ciudad. Alonso lo tilda en su libro de "experimento" cuando en realidad se trataba de una "zarzuela-after-pachanga depresiva" consistente en narrar la experiencia amorosa de principio a fin a lo largo de 30 minutos.
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Alberto Comesaña, voz de Semen Up, pronto se colgó el escapulario de pornoartista explotando esta faceta no solo en las letras sino incluso en un mítico concierto en el Auditorio de Castrelos en 1986 donde dejó caer sobre el escenario su traje de corbata para ofrecer un striptease que inmortalizó paso a paso Víctor De Las Heras y que muestra en su libro "Vigo. A explosión dos 80".
Un año antes, 1985, tenía lugar en la ciudad olívica un hito cuyas consecuencias aún se disfrutan ahora: la celebración del primer concierto con una figura internacional (Eric Burdon) y el mandato del pop rock en los conciertos del verano, esta última una huella perdida en años posteriores según la dirección del viento en la concejalía de Cultura del Ayuntamiento.
Fue el gobierno del entonces alcalde, Manoel Soto, el que impulsó a su manera la aureola de movida viguesa logrando un hermanamiento de las movidas de ambas ciudades bajo el lema de "Madrid se escribe con V de Vigo" que trajo a la ciudad un tren cargado de desconocidos así como de estrellas posmodernas como Alaska, el fotógrafo Alberto García Alix, Jesús Ordovás y Gabinete Caligari, entre otros, que trajeron consigo también una nube de periodistas de la capital y otras provincias para vivir, beber, fumar y colocar in situ las vivencias de la noche viguesa.
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"Nos tres primeiros anos da década –escribe Emilio Alonso– o que estaba ocorrendo en Vigo non tiña apenas repercusión nos medios de comunicación nacionais, salvo a constante presenza de Siniestro Total, primeiro, e Golpes Bajos, despois, en RNE-Radio 2. Pero de súpeto, Vigo converteuse nun lugar de referencia e os medios de comunicación nacionais comezan a achegarse á cidade (...) Chegara o momento de que a capital de España non fose, unha vez máis, a única protagonista". Ese protagonismo se logró arrancar a raíz de un reportaje de la periodista María Xosé Porteiro en El País bajo el título "La posmodernidad toma el poder en Vigo".
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Tras la campanada de "Madrid se escribe con V de Vigo", la eclosión de la movida viguesa fue poco a poco perdiendo vigor. "Non se pode poñer unha data de desaparición", explica Emilio Alonso, "como tampouco de arranque. A movida foise globalizando. A mediados dos 80 era dun núcleo reducido de xente cun espíritu moi lúdico. Era un puro divertimento. A partir do 86, os grupos empezaron a ver que podían gañar algo de diñeiro, gravaban maquetas, falaban coas discográficas...". Víctor De Las Heras añade: "Yo creo que el hermanamiento con la movida de Madrid fue el final de la movida viguesa", con botellazo incluido a una de las personas de la delegación madrileña en una comida de "confraternización" en Vigo. La euforia lúdica sin freno fue evolucionando hacia nuestros días, hacia una nueva movida (quizás no tan sonora como antaño) que anhela modificar la base del sistema social.

Conas insubmisas e sheelas



Andaina

A Asociación Española de Avogados Cristiáns afirma que moitas cousas feren os sentimentos relixiosos (da súa relixión).
Estes avogados cristiáns vense na obriga de elevar os seus sentimentos a rango de lei. Se eles se senten feridos, a sociedade ten que castigar as persoas autoras desas mancaduras espirituais que eles, ou os seus seguidores, padecen.
Unha das últimas cousas nas que meteron as mans e saltou aos medios de comunicación foi a denuncia que interpuxeron contra unhas feministas sevillanas que ían en procesión coa imaxe do «Coño insumiso», unha grande vulva de látex sobre unha peaña con invocacións, solicitudes e súplicas de claro carácter feminista.
A fiscalía, que participou en sensibilidades semellantes,  admitiuna a trámite e houbo xuízo.
Logo de celebrado o xuízo foron absoltas. Menos mal! Aínda así estes avogados dixeron que recorrerán a sentenza e apelarán a instancias superiores. Élles inadmisible que a xustiza non comungue con eles, co seu pensar, co seu sentir, co desagrado e repulsa que lles produce unha vulva de enorme tamaño procesionando polas rúas sevillanas e mesmo facendo paradas diante de igrexas de renome e sona.
As Sheela na Gigs (ou Sheela-na-Gigs) son tallas figurativas de mulleres desnudas mostrando unha vulva esaxerada. Atópanse en igrexas, castelos e outras edificacións, especialmente en Irlanda e no Reino Unido. Esta está en Llandrindod, no Wells Museum.
Mágoa que teñan pouco coñecemento de multitude de canzorros das igrexas románicas nas que se representa a homes e mulleres espidas amosando os seus sexos con total impudicia.
Elas amosaban a vulva. Quizais xa antecedentes do coño insubmiso?
En diversos lugares das Illas Británicas atopáronse figuras femininas singulares que pasaron a chamar Sheela-Na-Gig. Elas, gravadas na pedra, amosan unhas vulvas enormes, desproporcionadas ao corpo, con total descaro e desvergoña.
O primeiro investigador que ousou debuxalas e amosalas ao publico foi Wright en 1865, en pleno puritanismo.
Aquí, en Galiza asomou unha sheela na comarca betanceira.  A figura de muller do petróglifo da Pena Furada (Figueiras, Santa Mariña de Lesa, Coirós, A Coruña) que deu para voltar pensar que significado podía ter. Ela, igual que as figuras concomitantes en canzorros de igrexas románicas.
A sheela de Monte Furado (Coirós).
Xa, xa sabemos que a primeira interpretación é a crítica da luxuria, das mulleres que perden os homes co seu sexo, das que arrastran os probes adáns á perdición. A luxuria e a concupiscencia foron sempre unha preocupación obsesiva da igrexa.
Pero non. As investigacións máis sólidas e ben fundamentadas veñen dicir outras cousas. Así Bárbara Freitag, Fernando Alonso Romero ou Milagros Torrado Cespón. Trátase de representacións de símbolos sexuais contra os encantamentos, contra o mal de ollo, a prol da fertilidade. Divinidades. Esta personalidade dobre de muller xove ou vella, con poderes sobre a natureza e para transformarse é propia dunha divinidade céltica con poderes para crear e destruír.
Freitag (2004) di que o vocablo gig significa vulva, porén tamén prostituta. Non é marabilloso?
A gran maioría están en igrexas rurais e non se lles prestou moita atencíón. Puro puritanismo! Mesmo  destruíronse boa parte delas. A igrexa fixo todo o posible por facelas desaparecer.
A famosa sheela na gig de Kilpeck (Inglaterra).
Pode que a esta asociación de avogados cristiáns cunha sensibilidades tan a flor de pel en nestas cuestións estea a pasarlles  o mesmo. Como non poden silencialas, ocultalas, agochalas, pretenden destruílas levándoas aos tribunais. Que de malo ten amosar unha enorme vulva e paseala en procesión invocando poderes? Poderes para que o  aborto sexa un dereito, poderes para que o exministro Gallardón caese e o seu proxecto con el, poderes para que as mulleres reclamen e reivindiquen a vulva como orixe da vida e do pracer, poderes para que estes enfermizos puritanos entendan que a súa relixión non pode fundar leis nunha sociedade aberta e plural. Poderes tamén para que a endiañada xudicatura que nos domina non nos bote o mal de ollo.
A chinchar, amigos, e que o poder do petróglifo de Pena Furada do concello de Coirós da bisbarra betanceira coa súa enorme vulva se vos veña enriba coma o coño insumiso.
Como dicimos por aquí: non queres unha cunca de caldo? Pois toma sete!