venres, 22 de maio de 2020

Veinte mil indígenas del Amazonas con coronavirus

Veinte mil indígenas del Amazonas con coronavirus
WALTER C. MEDINA

La irresponsabilidad de Jair Bolsonaro ante la crisis sanitaria derivada del Covid-19 ha colocado al país por delante de Italia y España en porcentaje de fallecidos y contagiados. La “gripecita” a la que refería el ultraderechista líder de Alianza por Brasil está causando estragos y se calcula que cerca de tres millones de personas podrían estar infectadas. “El gobierno brasileño perdió el control de la pandemia”, dijo a BBC News Brasil, Domingo Alvez, profesor de medicina de la Universidad de Riberao Preto.
En Brasil la pandemia ha dejado al descubierto las desigualdades generadas por sistemas de valores basados en la meritocracia y en la supervivencia del más apto; un darwinismo social vigente desde los tiempos de la colonización y que Jair Bolsonaro ha reavivado.
El virus se ceba por estos días con los habitantes de las favelas brasileñas, familias hacinadas a la espera de recibir agua potable e insumos que el Estado no facilita. La ONU ya advirtió de que en Brasil urge la necesidad de acciones conjuntas entre gobiernos municipales y cooperación internacional. Sin embargo Bolsonaro está empecinado en minimizar la consecuencia de su propia ignorancia, y continúa desafiando los consejos de la Organización Mundial de la Salud que ya le ha advertido el riesgo al que están expuestos no sólo los miles de habitantes de las favelas de Río y Sao Pablo, sino también los pueblos originarios que “podrían desaparecer”.
Se estima que unos 462 pueblos actualmente tienen menos de 3 mil habitantes y alrededor de 200 de ellos se encuentran en aislamiento voluntario, todos en situación de extrema dificultad
“En América Latina, la población indígena supera los 45 millones de personas, poco menos del 10% de la población total de la región. Muchas comunidades tienen una “gran fragilidad”, pues están en peligro de “desaparición física o cultural”. Se estima que unos 462 pueblos actualmente tienen menos de 3 mil habitantes y alrededor de 200 de ellos se encuentran en aislamiento voluntario, todos en situación de extrema dificultad”, explican por su parte desde Naciones Unidas (ONU). “La propagación de la COVID-19 ha exacerbado y seguirá exacerbando una situación ya crítica para muchos pueblos indígenas: una situación en la que ya abundan las desigualdades y la discriminación. El aumento de las recesiones a nivel nacional y la posibilidad real de una depresión mundial agravarán aún más la situación, causando un temor de que muchos indígenas mueran, no sólo por el virus en sí, sino también por los conflictos y la violencia vinculados a la escasez de recursos, y en particular de agua potable y alimentos”.
La Organización Panamericana de la Salud también hizo llegar su preocupación por el impacto que la pandemia está teniendo entre los más pobres, los vulnerables y las poblaciones indígenas, especialmente en los grupos que viven en el Amazonas brasileño. Estos grupos viven tanto en aldeas aisladas con acceso mínimo a servicios sanitarios, como en ciudades densamente pobladas como Manaos. Los casos registrados en la cuenca del Amazonas ya ascienden a 20.000.
Las voces críticas no se han hecho esperar. “Es un genocidio indígena”, sostuvo ayer Arthur Virgilio Nieto, alcalde de Manaos, que acusó directamente a Bolsonaro. Por su parte, algunos medios televisivos reprodujeron las declaraciones del ultraderechista en época de campaña: “Los indios no hablan nuestra lengua, no tienen dinero, no tienen cultura. Son vagos y no sirven para reproducirse. Cómo es posible que tengan el 13 % del territorio nacional”.

Qué reformas laborales contempla el acuerdo de coalición PSOE-UP

Qué reformas laborales contempla el acuerdo de coalición PSOE-Unidas Podemos
ISABEL GARCÍA

El acuerdo alcanzado entre PSOE, Unidas Podemos y Bildu para derogar la reforma laboral del PP ha dado munición a la ultraderecha de Vox y al complaciente PP para alimentar su manido discurso contra un gobierno que -dicen- está apoyado por “golpistas, comunistas, chavistas, proetarras” y hasta “corruptos”. También para que el partido de Santiago Abascal diera este jueves un portazo a la Comisión de Reconstrucción en el Congreso enfangando aún más el clima político, y para confundir a la opinión pública con aspectos que tienen más que ver con la semántica que con el fondo real del asunto.
Volvemos a la hiperventilación de la política. Porque el acuerdo con Bildu conocido anoche, a cambio de su abstención en la prórroga del estado de alarma, viene a ratificar lo que ya pactaron en su momento PSOE y Unidas Podemos tanto en el preacuerdo (acceso al documento) como en el acuerdo de coalición progresista firmado en diciembre (acceso al documento).
La chispa de esta bronca, que ahora pone la lupa en discrepancias internas del Gobierno y que ha merecido algún que otro encendido editorial en prensa remarcando la debilidad de este Ejecutivo en minoría parlamentaria, ha surgido porque el acuerdo alcanzado con Bildu (acceso al documento) habla de derogar de “manera íntegra” la reforma laboral de 2012, además, con la pretensión de “hacerla efectiva” antes de la finalización de las medidas extraordinarias adoptadas en materia económica y laboral por la crisis de la COVI-19.
La propia portavoz de Bildu se ha dado por "satisfecha" con la "matización" del Gobierno
Tras conocerse el documento, el PSOE se avino a última hora de la noche del miércoles a “matizarlo”, indicando que la derogación sería para los “aspectos más lesivos” de la reforma del PP como viene sosteniendo desde hace tiempo y como incluso los propios sindicatos han dado por bueno en muchas ocasiones. Con ese argumento se ha pronunciado José Luis Ábalos, para el que se trata de una “cuestión conceptual”. Sin embargo, Pablo Iglesias se ha mostrado más taxativo con su socio de gobierno recordando que lo firmado obliga: “Voy a ser cristalino: pacta sunt servanda”, ha advertido. En este conato de enfrentamiento, la que ha mediado ha sido la propia portavoz del partido vasco, Mertxe Aizpurua, que se da por satisfecha con la “matización” del Gobierno y que además reconoce que tumbar la reforma laboral no puede hacerse “de un día para otro”.
¿Qué reformas laborales contempla el acuerdo de coalición PSOE-UP?
Si damos por bueno, y así debe ser, que lo pactado obliga como dice Iglesias, no viene de más recordar el contenido del acuerdo para el gobierno de coalición progresista al que llegaron ‘morados’ y socialistas. Es cierto que el texto no habla de una derogación “integral” de la reforma laboral del PP, pero incluye un abanico de reformas ambiciosas e integrales.
No pasemos por alto que cuando se habla de derogar la reforma laboral no se trata de tumbar una ley, sino muchas modificaciones legislativas del ámbito laboral que deben seguir su trámite ejecutivo y legislativo. De ahí las declaraciones efectuadas por el secretario general de CCOO, Unai Sordo, llamando a “retomar la agenda laboral cuanto antes”, suspendida por la crisis de la COVID-19, y apelando al diálogo social tripartito que también incluye a las organizaciones empresariales. Sin olvidar -ha añadido el dirigente sindical- la “agenda de emergencia” por la pandemia: “ERTES, restricciones al despido, prórroga en los sectores donde siga habiendo causa de fuerza mayor, medidas de reactivación económica…”.
Como ven, ni todo es blanco ni todo es negro y habrá que ver los nuevos escenarios que se presentan tras la pandemia.
Combatir la precariedad laboral está en el eje del acuerdo programático entre el PSOE y Unidas Podemos
En cualquier caso y siguiendo con el acuerdo de coalición. En el preacuerdo entre PSOE y Unidas Podemos de noviembre de 2019, el primer punto hacía referencia a la necesidad de combatir la precariedad en el empleo, una de las principales lacras devenidas de la crisis de 2008 y las posteriores reformas del Gobierno Rajoy, y “garantizar trabajo digno, estable y de calidad”.
El acuerdo en firme llegaba un mes después. En el mismo, ambos partidos se comprometen a elaborar un nuevo Estatuto de los Trabajadores, bajo los ejes de una mayor protección de los mismos, nuevos derechos y un nuevo impulso a la negociación colectiva.
El siguiente punto hace referencia a la derogación de la reforma laboral y a la recuperación de derechos arrebatos por la misma. En este apartado se incluye “con carácter de urgencia” la derogación del despido por enfermedad, aprobado el pasado mes de febrero por el Consejo de Ministros. También la prevalencia de los convenios colectivos a los de empresa, y la ultractividad de los mismos, todo ello encaminado a luchar contra la precariedad y el fraude laboral.
Ambas formaciones tienen rubricado en este acuerdo el compromiso de derogar el artículo 42 del Estatuto de los Trabajadores sobre subcontratación laboral; limitar la capacidad de modificación unilateral de las condiciones del contrato por parte de la empresa; y la revisión del mecanismo de inaplicación de los convenios colectivos, orientándolo a descuelgue salarial vinculado a causas económicas graves.
La subida del Salario Mínimo Profesional (otro de los compromisos) echó a andar en enero en un acuerdo al que se sumó la patronal. Junto a este, y en materia de contratación, políticas de empleo, prestaciones, etc., etc., el texto incluye varios puntos más de especial significación para los trabajadores. Y todo ello pivotando bajo la máxima del diálogo social, cuyo último hito conocimos hace unos días en el acuerdo de los ERTE.
Las reformas legislativas deben pasar necesariamente por el Parlamento y es ahí donde este Gobierno debe fraguar los apoyos sin que ello reste protagonismo al diálogo social
Pese a todo esto, el ruido sigue. La CEOE ha anunciado que se levanta de la mesa de diálogo social por el acuerdo con Bildu y los sindicatos muestran cierto enfado por cómo se están conduciendo las cosas. Sin embargo, nadie puede olvidar que las reformas legislativas deben pasar necesariamente por el Parlamento y que ese ahí donde este gobierno debe fraguar los apoyos, sin que ello reste protagonismo a la mesa de diálogo social. Estas dos vías no solo no se excluyen, sino que se complementan.
Un apunte más. Todos los partidos con representación parlamentaria están legitimados en su función pública. No veo por qué no se va a poder pactar con Bildu, más si cabe cuando lo que está exigiendo es una reforma que beneficiará al conjunto de los trabajadores españoles y no solo a los vascos.

venres, 15 de maio de 2020

Les urge jugar al golf

Concentración contra Sánchez en el barrio de Salamanca de Madrid ...
JUAN TORRES LÓPEZ

Alrededor de doscientos vecinos del barrio de Salamanca, el de mayor renta de Madrid, salieron este miércoles a la calle para protestar contra el Gobierno y para pedir el fin del confinamiento al grito de "Libertad, libertad".
Lo hicieron, como se puede apreciar claramente en las fotos que han publicado los medios de comunicación, sin respetar la distancia de seguridad y, muchas de esas personas, sin ni siquiera llevar mascarillas para protegerse a sí mismas y para evitar el contagio a las demás.
Que se manifiesten contra un gobierno de izquierdas, "social-comunista" lo llaman, es natural y no puede extrañar a nadie. Allí vive y vota gente rica y de derechas (a sí mismos se llaman "de bien") que siempre se han considerado los dueños de España. Nunca han ocultado que para ellos no hay otra patria que la suya, ni otras ideas respetables que las que defienden, ni otros intereses que defender distintos a los de sus empresas y familias de rancio abolengo, que su modo de vivir es el natural y sus valores los únicos que expresan virtud y dignidad. Por eso les molesta que unos cuantos payasos, desarrapados y advenedizos se entrometan de vez en cuando en donde sólo ellos tienen derecho a estar o que decidan sobre lo que nadie más tiene derecho y capacidad para decidir.
Es normal que protesten contra un gobierno que no es el suyo; es legítimo y lo bueno es que, justo aquellos ante quienes ahora reclaman libertad (los socialistas y comunistas), son los que lucharon para que ahora puedan salir a la calle a pedir que dimitan. Lo contrario de lo que pasaba en la dictadura que arropó durante años a los vecinos del barrio de Salamanca y a la que añoran, como demuestra la proliferación de banderas preconstitucionales en la protesta que igualmente muestran las fotos.
Todo eso es normal y a nadie puede extrañarle.
Lo que sí es singular es que salgan a protestar, exponiéndose al contagio, para protestar contra las medidas sanitarias frente a una pandemia que hubiera tomado cualquier otro gobierno.
Sabemos que en los barrios más ricos el virus ha hecho menos estragos que en los más pobres, pero eso no quiere decir que allí se esté exento de la enfermedad. Seguro que han muerte de Covid-19 familiares o personas queridas de muchas de las personas que ayer estaban en la calle contagiando y contagiándose.
Eso es lo curioso y lo que constituye una auténtica y significativa metáfora.
Sería lógico que protestaran contra el encierro y que estén deseando salir a la calle las personas de baja renta que lo están sufriendo en viviendas pequeñas y mal dotadas, viendo cómo sus hijos pierden el curso porque apenas tienen medios para enseñarles o para seguir los esfuerzos a distancia de sus maestros y maestras, quienes han perdido sus trabajos y no tienen ahorros para salir adelante... pero no. Protestan más y lo hacen de forma más expresiva y sonora quien tienen viviendas de lujo, criados para servirles, ahorros de sobra, neveras y bodegas bien surtidas, comunicaciones sofisticadas con cualquier lugar del mundo y todo tipo de comodidades a su alcance mientras dure el encierro.
Los organizadores de las protestas en el barrio de Salamanca piden ...
Es verdad que, como economista, eso no me debería extrañar. El coste de oportunidad del encierro (es decir, lo que dejan de ganar mientras este se produce) es mucho mayor en el caso de los ricos que en el de los pobres. Estos últimos apenas pierden nada: una vida anodina, empleos poco creativos, sueldos bajos, algunas copas en bares modestos, un coche de segunda mano, la expectativa de pasar unos pocos días en el apartamento minúsculo de alguna playa abarrotada... todo eso, en el mejor de los casos, pues el 34% de los españoles no tiene dinero para irse ni una semana de vacaciones y casi la mitad no dispone de ahorro para hacer frente a un gasto extraordinario de unos cuantos cientos de euros. Al contrario de los ricos, cuya vida fuera del encierro es mucho valiosa.
Pero ¿y la vida y la salud? ¿Vale la pena salir a la calle para pedir la dimisión del gobierno a costa de exponerse a enfermar? ¿Hacerlo es sólo una temeridad o fruto de una convicción ideológica firmísima? ¿Se hace porque se desconoce el riesgo que eso conlleva? ¿O porque piensan que, llevado de una maldad extraordinaria, el gobierno de los rojos los encierra por gusto y que no es necesario tomar precauciones, como en todos los lugares del mundo, para evitar el contagio?
Yo creo que esa protesta es, en realidad, una metáfora. Si son los dueños de España, los dueños del mundo, si son los hijos y los nietos y biznietos de los más poderosos, de quienes siempre doblegan la voluntad de quien se opone a la suya, si su poder se puede imponer siempre y tienen dinero de sobra para conseguir todo lo que desean o les conviene, también deberán sentirse los dueños de la vida e inmunes ante los virus.
No desafían la pandemia porque sean irresponsables o porque no tengan conocimiento de lo que pasa, porque saben perfectamente lo que está pasando en todo el mundo, como a estas alturas lo sabemos todos. La desprecian porque seguramente creen que ellos también están protegidos de ella, como lo están desde hace siglos de los infortunios que padece la mayoría de la gente, los otros.
Los organizadores de las protestas en el barrio de Salamanca piden ...
En realidad, cuando salen en grupos a la calle para pedir la dimisión del gobierno y contagiándose mutuamente, hacen igual que sus empresas cuando contaminan, exactamente lo mismo que cuando acumulan dinero y riqueza sin cesar provocando crisis económicas (alguien tan poco sospechoso como Martin Wolf escribía un artículo hace unos días en el Financial Times demostrando que el incremento de la deuda y las crisis que produce son la consecuencia de la concentración de la riqueza en muy pocas manos). Lo que hacen es actuar sin darse cuenta de que las consecuencias negativas de sus actuaciones les pasarán cuenta también a ellos.
Que la gente de un barrio rico actúen como si fueran inmunes a la pandemia es la prueba más excelsa de la estupidez de quienes dominan el mundo y lo destruyen día a día sin percatarse de que al hacerlo se destruyen también a sí mismos y a sus descendientes. Es cierto que el desastre o la muerte pillará a los ricos bebiendo buen whisky, renovando la cuota de cualquier selecto campo de golf o paseando en un coche o en yates lujosos (en Estados Unidos se ha multiplicado su uso, pues muchos ricos están pasando en ellos el encierro).
Los vecinos privilegiados del barrio rico de Madrid son los que, sabiéndose dueños de todo, se sienten también dueños de la realidad. Para ellos no debe existir la "realidad real" de la que habla Slavoj Žižek, sino sólo la suya, la exclusivamente propia.
La rebelión en el barrio de Salamanca se extiende: centenares de ...

xoves, 14 de maio de 2020

Operación de derribo, segunda parte

Varias personas delante de una patrulla de Policía Municipal, durante la concentración de vecinos del barrio madrileño de Salamanca contra la gestión del Gobierno en la pandemia del coronavirus. E.P/Joaquin Corchero
Varias personas se colocan delante de una patrulla de Policía Municipal en señal de protesta durante la concentración de los vecinos del barrio madrileño de Salamanca en la calle Núñez de Balboa por la gestión del Gobierno contra el coronavirus COVID19. En Madrid, España, a 12 de mayo de 2020.

DANIEL BERNABÉ

Entramos en la segunda fase de la operación para intentar derribar al Gobierno, es decir, alterar el resultado de las últimas elecciones. La cuestión es bien sencilla de entender: no se trata de que se considere por parte de la oposición que la gestión de la crisis del coronavirus ha sido nefasta y que por tanto haya que presentar en sede parlamentaria una moción de censura, sino que desde el minuto uno no han aceptado el resultado electoral y la crisis del coronavirus, independientemente de la actuación gubernamental, es el acelerante para lograr sus objetivos. Para cierta derecha, no sólo política, un Gobierno del PSOE con Unidas Podemos es, sencillamente, el enemigo.
La primera fase de la operación se llevó a cabo en los momentos más duros de la emergencia sanitaria. Por un lado, consistió en una gigantesca campaña de intoxicación en las redes sociales más la necropolítica, utilizar a las víctimas de la covid para afirmar que estábamos en manos de unos irresponsables o unos asesinos, dependiendo del nivel de abyección de la mano acusadora. Mientras que la gran mayoría de los ciudadanos de este país se comportaban de una manera responsable y disciplinada, mientras que los servicios públicos y sanitarios se empleaban a fondo, mientras que parte de la oposición hacía aportaciones y críticas, algunos decidieron que era el momento de desestabilizar al Gobierno de nuestro país. El patriotismo fantasmal de Colón.
Ese "algunos" es la ultraderecha, compuesta por Vox y su turba de agitadores, más los sectores del PP bajo la batuta del aznarismo, especialmente los populares madrileños de Isabel Díaz Ayuso. Esta coalición de los dispuestos no fue vista con claridad por toda la derecha, la prueba es que en las primeras semanas del confinamiento se lanzó por parte de algunos periodistas la idea del Gobierno de unidad nacional, una manera sofisticada de eliminar a los ministros de Unidas Podemos e introducir de rondón al PP. Casado no estaba por la labor y en ese juego Jekyll and Hyde ha ido saltando de una a otra faceta según tocara. Arrimadas siempre han sido más comodín que sota de bastos.
La segunda parte de esta operación de derribo, la que ocupa este artículo, ya ha comenzado y tiene que ver con el fracaso de la primera. Aunque existe escepticismo ante la gestión previa del Gobierno, tanto la propia actuación en el estado de alarma, como una situación igual de grave en países como Italia, Francia y el Reino Unido, más la trágica situación norteamericana, han venido a apuntar la sensación de que ni se hizo tan mal ni viendo nuestra periferia se podía haber hecho mucho mejor.
¿Cuáles van a ser las dos vertientes de esta segunda fase de la operación? De un lado ya se está apostando por la guerra jurídica, del otro por copiar la estrategia de Trump transformando las medidas sanitarias en torno al confinamiento y su desescalada en una batalla de "la libertad contra la tiranía". En este sentido, el numerito en la calle Núñez de Balboa, propicia recordar la frase que John Lennon pronunció en un concierto al que asistió la Familia Real: "el público puede aplaudir, los del palco pueden hacer sonar sus joyas".
La guía del trumpismo apuesta por polarizar, sin importar que tus detractores crezcan, siempre y cuando tus afines sean más numerosos. Además, cada conflicto artificial que la política de la nitroglicerina provoca tiene también la pretensión de fidelizar y cohesionar planteando objetivos de consecución posible y un enemigo localizable. Todo se acompaña de una narrativa apocalíptica y una intoxicación donde mientras que se maneja la mentira con soltura se acusa a quien pretende esclarecer los hechos de extender bulos. Lo cierto se difumina en una sentimentalidad inflamada.
Ahora toca meter en la cabeza a sus huestes que España es una distopía bajo un Gobierno tiránico. Ana Rosa Quintana dio el pistoletazo de salida el lunes en su programa con un editorial al que sólo le faltaron las imágenes de guardias con perros, alambradas electrificadas y torres de vigilancia moviendo sus focos en una noche lluviosa. Vox anuncia manifestaciones motorizadas. Alfonso Ussía escribía en su cuenta de twitter: "Los golpistas nos quieren confinar 30 días más. No vamos a permitirlo [...] DESOBEDIENCIA!". Si no fuera tan peligroso resultaría divertido ver al "Nosferatu de Cortefiel" imitar al rock radical vasco de los años ochenta.
Pero esto no es Estados Unidos ni todas las estrategias funcionan mecánicamente en todas las situaciones. Si la ultraderecha, que no es sólo Vox, apuesta por echar a los suyos a la calle puede generar animadversión incluso en conservadores sensatos que sin ser afines al Gobierno lo que quieren es proteger a los suyos y su actividad económica. Ya no digamos en muchos otros ciudadanos, que al margen de posicionamientos políticos, han entendido la gravedad de una crisis sanitaria que, aun atenuada, no ha desaparecido ni de lejos. En política se castigan los errores, pero se castiga aún más la irresponsabilidad.
La guerra jurídica, como decíamos, será la segunda vertiente de esta operación. El lawfare, conviene apuntarlo, no es el control democrático del poder Judicial al Ejecutivo, sino la utilización de instrumentos jurídicos con fines de persecución política. En Latinoamérica, especialmente en Brasil y Argentina, fue el método para destruir la imagen pública de sus Gobiernos progresistas e inhabilitar su normal funcionamiento. Los mazos contra las urnas.
Esta guerra jurídica sólo va a tener recorrido si el sector más reaccionario de la judicatura colabora. Y eso es mucho decir siendo más sencillo demostrar prevaricación que encausar al Gobierno por un tema de tan difícil recorrido jurídico como la respuesta a una pandemia. Hay que recordar lo que costó sentar a Rajoy, tan sólo como testigo, en el clamoroso caso Gürtel, a pesar de los SMS y demás hechos comprometedores. Una cosa son las demandas y los titulares en los pasquines, otra muy diferente el funcionamiento de la ley.
Por otro lado las estrategias de la movilización y la guerra jurídica son terriblemente contradictorias, ¿cómo se acusa a un Gobierno de imprevisión en una demanda y a la vez se ataca las medidas de contención que ese Gobierno ha establecido? Es difícil anticipar cuál es el latido de la opinión pública en un contexto tan cambiante, pero que los afines a los ultras traguen con todo no quiere decir que el resto de la ciudadanía lo haga.
Además de que las encuestas publicadas no han mostrado un desgaste significativo a los partidos del pacto progresista, lo cual ya es mucho para el huracán al que se han enfrentado, en tiempos de incertidumbre las personas buscamos más la estabilidad que los jaleos. Hay muchos ciudadanos que ya han visto la primera diferencia entre esta crisis y la de la anterior década: no se han quedado a la intemperie gracias al escudo social. Aunque esta segunda fase de la operación para tirar al Gobierno hará que sus protagonistas ocupen espacios de actualidad, realmente es la constatación de que han quedado en fuera de juego para la política útil.
Y el ejemplo más constatable es la presidenta de la Comunidad de Madrid. Incluso dentro del PP hay un descontento patente con las "ayusadas" y el creciente tutelaje del aznarismo. Lo que funciona en un barrio noble de Madrid no tiene por qué funcionar en Galicia. Que Ayuso haya sido modelada como la "Juana de Arco reaccionaria" que se enfrenta a la "tiranía" sitúa el foco de la actualidad sobre ella, pero también hace más patente la opacidad de su relación con el mundo empresarial, materializada en el apartamento de lujo que ocupa desde su positivo en coronavirus. Puede que en el universo ultra Ayuso brille con luz propia, pero para el resto da la sensación que más que ocuparse de la salud y la economía de Madrid es el muñeco de trapo del aznarismo.
Además, si el olfato y las informaciones no me fallan, el sector posibilista del Ibex teme más una situación de indeterminación en Moncloa con una economía golpeada que al actual Gobierno. Puede que no se sientan cómodos con el impuesto a las grandes fortunas propuesto por Unidas Podemos, pero saben que alguna de sus empresas puede necesitar un rescate público en breve. La contradicción sobre la autonomía de la política también es aplicable por arriba y a la derecha.
Es decir, ¿qué prima más en los consejos de administración de las grandes empresas, en el sector financiero, en los accionistas mayoritarios? En algunos un ADN derechista preconstitucional que puede apostar por la confrontación abierta, en otros el saber que una recuperación rápida de sus beneficios está reñida con las tácticas de desestabilización del aznarismo y los ultras. ¿Odian más a los rojos o a los números rojos? Por otro lado, la judicatura, siendo conservadora en su mayor parte, lo es también para no apostar por estrategias temerarias.
Da la sensación que estos poderes están en un impasse que no se moverá mientras que al Gobierno le den los números en el Congreso y la población, salvo protestas más pintorescas que representativas, siga en la misma posición que los resultado electorales de hace siete meses. Por cierto, nuestra posición en la UE también se vería perjudicada. Todo hace indicar que la segunda parte de la operación de derribo al Gobierno provocaría más problemas que soluciones, incluso para los afines a la derecha.
En España la derecha, no sólo la política, se había escorado ya a lo ultra antes de la pandemia: el otoño rojigualdo de 2017 dio alas a la iluminación aznarista que proclama que desde Zapatero todo ha sido caos y decadencia. Obviamente el Gobierno juega sus cartas en este escenario, pero cometería un error si confía en que la lógica se vaya a imponer sobre el odio ideológico y los salvapatrias ubicados en Parlamento, los medios y los juzgados.
El escudo social no sólo son medidas laborales y económicas, es el mayor acierto del Gobierno en esta crisis que debe ser transformado en un escudo democrático. Frente a la antipolítica, la política útil. La reconstrucción ha de pasar también por la eliminación definitiva de esas pulsiones que hacen que unos pocos asuman que su criterio ha de imponerse sobre el sufragio; por acabar con esas zonas de la maquinaria estatal en las que no ha entrado la luz desde 1978; por fomentar la fiscalización crítica de los medios, que es muy diferente a esa anormalidad de que un micrófono, una cabecera o una pantalla otorgue la capacidad de poner o quitar ministros; por dejar claro al poder económico que, si quiere ser un actor legítimo en lo que viene, debe asumir que las crisis no sólo las tienen que pagar los trabajadores; por exigir a la derecha que se olvide de atajos y que entienda que allí donde han coqueteado con los ultras han acabado siendo devorados por ellos.
Para hacer que el espíritu del 2020 se imponga a las operaciones de derribo, sobre la política del susurro y la conspiración, se necesitará lo que en otras ocasiones ha hecho falta para hacer avanzar al país: que una gran mayoría social, no siempre cohesionada, se movilice para hacer valer su voz y sus intereses. Nos jugamos mucho cuando tuvimos que meternos en casa, nos jugaremos mucho cuando tengamos que volver a llenar las calles.

El redescubrimiento de la clase trabajadora como consecuencia de la pandemia

Gente con mascarillas en el metro de la estación de Atocha, Madrid. EFE/Chema Moya

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas, 
Universitat Pompeu Fabra 
y Director del JHU-UPF Public Policy Center

Una interpretación de la estructura social de España muy generalizada en los establishments político-mediáticos del país es que la mayoría de la población en los países desarrollados (incluyendo España) pertenece a la clase media, a la que sitúan entre los "ricos", por arriba, y los "pobres", por abajo, reduciéndose así la tipología social a tres grupos sociales: la clase alta, la clase media y la clase bajaY podría parecer que la percepción popular se corresponde con esta tipología. Así, cuando a la mayoría de la población se le pregunta si se consideran pertenecientes a la clase alta, a la clase media o a la clase baja, la gran mayoría responde definiéndose como clase media, con lo cual se confirma la percepción generalizada y promovida por aquellos establishments que configuran la sabiduría convencional del país. Según tal sabiduría, la clase trabajadora prácticamente ha desaparecido, asumiéndose que se ha ido transformando en clase media como consecuencia de la movilidad social existente en nuestras sociedades, que permite el ascenso hacia arriba de los miembros de tal clase trabajadora, pasando a ser miembros de la clase media.
Esta categorización social se inició en EEUU, sobre todo a partir de los años ochenta, cuando se inició, con el presidente Reagan, el gran cambio político conocido como la "revolución neoliberal" (sustituyendo así al keynesianismo, que había sido la ideología imperante en el período 1945-1978, conocido también como la "era dorada del capitalismo"). Fue a partir de entonces que el neoliberalismo –nacido en el mundo anglosajón– se extendió ampliamente también en la Europa occidental, siendo adaptado incluso por las formaciones de izquierdas gobernantes (y, muy en especial, por la socialdemocracia a través de la llamada Tercera Vía), lo que provocó posteriormente su declive electoral como resultado de la abstención de la clase trabajadora o del cambio de su intención de voto. El discurso de clase desapareció así del lenguaje político, incluso en la mayoría de las izquierdas gobernantes, que dejaron de hablar de y a la clase trabajadora, sustituyéndola por la clase media.

La pandemia como causa del reconocimiento de que la clase trabajadora existe

La pandemia en los países desarrollados (incluyendo España) ha mostrado claramente que existe una clase trabajadora, distinta de la clase media, que es esencial para el mantenimiento y supervivencia de todas las demás, así como para la sostenibilidad de la economía del país. Forma parte de esta clase social el sector de la población que trabaja en los servicios esenciales y que no se ha podido permitir el lujo de estar confinado en casa, viéndose obligado a continuar trabajando, exponiéndose al contagio, a la enfermedad y a la muerte. A partir de la pandemia, la población se ha dividido, pues, entre los que pueden trabajar desde casa (la mayoría, de clase media y clase alta) y los que no pueden (la mayoría, de clase trabajadora)Estos últimos trabajan primordialmente en los sectores esenciales, claves para que la sociedad haya continuado funcionando y que han jugado un papel insustituible para el sostenimiento, la seguridad y el mantenimiento de la sociedad. Son trabajadores de los servicios (la mayoría, públicos) sanitarios, de los servicios sociales, de los servicios domiciliarios y de dependencia, de los servicios de comercio, de los servicios de transporte, de los servicios de limpieza, de los servicios de seguridad, de los servicios de bomberos, de los servicios de energía y agua, de los sectores agrícolas, entre otros, sumando un porcentaje elevado (alrededor del 35%) de toda la población laboral en España.
Según datos de la Encuesta de Población Activa extraídos del INE, el 45% de estos trabajadores son mujeres, poco remuneradas y en condiciones de trabajo claramente precarias (el porcentaje es incluso mayor –76%– en los servicios sanitarios y sociales). A la mayoría de ellos no se les ha proveído del equipamiento necesario para su protección contra la pandemia, siendo la tasa de mortalidad debido a la pandemia, más elevada entre estos sectores laborales que entre los que han estado en casa. En realidad, ni siquiera los trabajadores de los sectores sanitarios y de atención social personal han tenido la protección suficiente que necesitaban para protegerse contra la pandemia. No es el virus el que causa la enfermedad y la muerte, sino la falta de protección frente a él lo que explica la elevada tasa de infección y la mayor mortalidad entre el personal sanitario. El 16% de personas diagnosticadas de COVID-19 son trabajadores y profesionales de este sector. Considerar a la mujer de la limpieza del hospital, con unos salarios muy bajos y con unas condiciones de trabajo muy precarias, como perteneciente a la clase media, me parece abusar y tergiversar la realidad. Y referirse a ella como de "clase baja" me parece ofensivo e insultante en extremo (una cosa es indicar que es una persona con bajos ingresos, y otra muy diferente es definirla como persona de clase baja).
La clase trabajadora (que trabaja, predominantemente, en el sector servicios) existe y ha jugado y continúa jugando un papel clave para la supervivencia de todas las otras clases. Y continúa siendo la que tiene salarios más bajos, la que tiene menor estabilidad laboral y la que trabaja con peores condiciones laborales. El hecho de que estos sectores laborales esenciales, tan importantes y fundamentales para la supervivencia del sistema económico, hayan tenido tan poca prioridad por los establishments que dirigen tal sistema muestra la escasa importancia que se da al bien común, dándole menos atención que a los intereses particulares de grupos y lobbies financieros y económicos que gozan de gran influencia y poder en la vida política del país.
La pandemia, sin embargo, ha mostrado claramente el gran error de mantener tales prioridades, pues todo el sistema económico necesita y depende de la existencia de estos sectores esenciales, entre ellos el sector sanitario y social, financiado primordialmente por fondos públicos. Las privatizaciones, en este sector, no solo no ayudaron, sino que debilitaron estos servicios, indispensables, insisto, para todos los sectores y clases sociales del país. La polarización de tales servicios (como la sanidad y los servicios sociales) por clase social como ocurre en España perjudica a todas las clases sociales, incluidas las más pudientes, como, de nuevo, la epidemia ha mostrado.

Cómo afecta la pandemia a la salud y calidad de vida de todos los componentes de la clase trabajadora

Hay clases sociales en España. Y la clase trabajadora es una de ellas. Dentro de ella, el componente de la economía de cuidados y de servicios a las personas ha ido expandiéndose considerablemente, habiéndose visto afectado muy negativamente por la pandemia. Pero no hay que olvidar otros sectores de la clase trabajadora, como la industrial y manufacturera, también lo están, pues muchos de estos trabajadores también carecen de material protector o sus condiciones de trabajo no les permiten la distancia social que se requiere para prevenir el contagio. Y será también un sector que se verá afectado por la gran crisis económica, reduciendo su tamaño, así como sus salarios y su protección social. Sus indicadores de salud y bienestar ya se están viendo afectados, reproduciendo así el diferencial de mortalidad que hay en este país según la clase social de las personasEn España, la diferencia de esperanza de vida entre personas de la población más pudiente y personas de la clase trabajadora con menos ingresos puede llegar a ser de unos 10 años (en la UE, es de 7 años, y en EEUU, de 15 años). Es más que probable que esta diferencia de mortalidad aumente con la pandemia.  A estos sectores laborales perjudicados por la pandemia hay que añadir a los jóvenes que ya tenían dificultades para incorporarse al mercado de trabajo, así como a profesionales de clase media en trabajos temporales y precarios, que forman parte de lo que se ha llamado la "proletarización" de la clase media, fenómeno derivado de la pérdida de su capacidad adquisitiva, su estabilidad laboral y su protección social. Todo ello implicará un gran aumento de las desigualdades sociales, acentuando incluso más las existentes en España (que están entre las mayores del mundo desarrollado occidental). Esta es una realidad poco cubierta en los medios de información en sus reportajes sobre la pandemia.

Imaginación radical en tiempos de pandemia. Transformaciones necesarias más allá del miedo

Las extraordinarias cuestiones que nos tocará dilucidar en estos próximos meses serán sobre nuestra capacidad de imaginación radical y sobre nuestra capacidad de olvido. El mayor desplazamiento que necesitamos hacer tiene que ver con alejarnos de la apatía y el miedo, activar la imaginación creativa y sacudirnos ese omnipresente “nada va a cambiar” porque, en realidad, todo está cambiando.

Foto: Colin Behrens (Pixabay)

Mar Maiques Díaz

—No sirve de nada intentarlo—, dijo Alicia. — No se puede creer en cosas imposibles.
— Me atrevería a decir que no tienes mucha práctica—, respondió la Reina. — Cuando tenía tu edad lo hacía durante media hora al día. A veces creía hasta en seis cosas imposibles antes del desayuno.

Alicia en el país de las maravillas. Lewis Carroll
«Dadme posibles, si no me ahogo».
Gilles Deleuze
Las dos frases que abren este escrito pudieran parecer opuestas y, sin embargo, no lo son. Y es que cuando los posibles se agotan toca fabricarlos a partir de lo que, en otro instante, haya llevado la etiqueta de imposible. Es de esos sueños brumosos, de esa arcilla seca, de telas en retazos, de aquellas piezas polvorientas aparentemente inservibles olvidadas en un rincón, que construimos una y otra vez lo nuevo. Toda la historia de la humanidad es una sucesión infinita de imposibles que dejaron de serlo y que nos permitieron coger aire y seguir nadando, para evitar ahogarnos. No va a ser menos ahora, cuando vivimos en esta quimera constante, mitad ciencia ficción, mitad realidad que se va volviendo rutina.
En mandarín, la palabra “crisis” se escribe con dos ideogramas: uno de ellos significa “peligro” y el otro “oportunidad”. Conjuntamente representan esta situación planetaria. Cómo acercarnos colectivamente lo más posible a la oportunidad (que es enorme) y alejarnos, en la medida de lo que se pueda, del peligro (que es inmenso también) es la gran pregunta. En tiempos de crisis, las ideas, propuestas y posibilidades que antes parecían irrealizables, inalcanzables, impensables siquiera se hacen, de repente, reales. Y no sólo reales sino también urgentes.
En estas semanas de pandemia, cuando nos han dado a elegir entre “el dinero o la vida”, hemos elegido “vida”. Entre “susto y muerte”, “susto”. Entre “yo no soy una persona creativa, eso es algo de artistas” y “a ver qué me invento”, invento. Entre “ni idea de quién vive en mi edificio, qué vergüenza ir puerta por puerta, yo paso” y “formar vínculos y redes de apoyo”, los hemos formado. Covid-19, otra cosa no, pero al menos sí gracias por ponernos las prioridades en su sitio y mostrarnos, a la mayoría de una población de más de 46 millones de habitantes, que podemos y sabemos cuidar y crear y que la ética sigue viva allá al fondo. Esto es un alivio máximo.
«Estamos, casi sin comerlo ni beberlo, ante la oportunidad más clara de una revolución que hemos tenido delante»CLIC PARA TUITEAR
Puede que no lo queramos llamar así pero yo diría que estamos, casi sin comerlo ni beberlo, ante la oportunidad más clara de una revolución que hemos tenido delante. Y sí, hablar de revolución en el “viejo continente” es arriesgado, pues habíamos clausurado semejante posibilidad tras Mayo del 68 (un tiempo que ya nos avisaba: “¡Seamos realistas, pidamos lo imposible!”). Y sí, hablar de revolución en la Europa del estado del bienestar, donde se conjugan para una mayoría las libertades y comodidades del capitalismo neoliberal consumista y hedonista, con un “papá estado” que pone bases de derechos fundamentales y que viene al rescate cuando hace falta (de bancos, empresas y capitales, normalmente; también de personas, en esta nueva realidad de la Covid-19) suena ajeno y hasta poco inteligente. Y sí, hablar de revolución sobre la muerte de miles de personas y con todo el mundo metido en casa es difícil, pues las revoluciones son energía colectiva en ebullición y ahora estamos con escasa fuerza y con ningún cuerpo a cuerpo.
Sin embargo, si esta crisis no nos toca y no nos desplaza individual y colectivamente del lugar en el que estábamos, de ese “capitalismo del desastre” que llama Naomi Klein, habrá ganado no sólo la muerte para algunos cuerpos, sino la muerte para el cuerpo político y social que somos. El riesgo para la vida humana ya existía antes de que este virus hiciera su aparición pero lo minimizábamos, lo despreciábamos o, directamente, lo ignorábamos: vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir; que haya personas de primera clase y otras de segunda o tercera o cuarta (hola heteropatriarcado, racismo colonial, clase social, capacitismo, etc.); el individualismo atroz robotizador; girar en torno al consumo masivo, como pastilla adormecedora de conciencias y acciones; la destrucción de la naturaleza, de sus fuentes de energía y de otros seres vivos; lo privado una y otra vez por encima de lo público; fronteras externas e internas hasta en la sopa; los medios de comunicación dominantes y la inmensa mayoría de la clase política metidos en su confrontación bélica particular (lo de que son un servicio público parece que se olvidó hace décadas); por nombrar sólo algunos de los componentes de nuestra anterior “normalidad”.
Esta emergencia sanitaria que nos obliga a parar en seco (en lo que la sociología llama un “hecho social total”, pues afecta a todas las personas y en todos los ámbitos) está mostrándonos con claridad las luces y sombras de quiénes somos y cuáles son nuestros valores de referencia como individualidades y como comunidad. Cómo utilizar lo que estamos pudiendo ver y analizar en estas semanas únicas para salvaguardar la vida y lo humano de la vida, y ponerlo de nuevo en el centro (donde siempre debió estar, pues si no, ¿para qué estamos aquí?), puede significar recuperar el sentido de la historia.
De todas las mentiras y de todos los dispositivos de poder que los distintos sistemas de opresión han forjado, a mí hay uno que me espanta especialmente. Uno de los mayores desastres que nos ha dejado instalado este capitalismo es la creencia de que las cosas NO pueden ser diferentes, que no van a serlo. Ese conformismo, esa desidia, esa resignación que se hace desconexión. El miedo a probar cosas nuevas, “lo malo conocido mejor que lo bueno por conocer”, un pesimismo crónico, la queja cual deporte nacional. Como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su obra La sociedad del cansancio (2012): “Quien fracasa en la sociedad neoliberal del rendimiento se hace responsable a sí mismo y se avergüenza, en lugar de poner en duda a la sociedad o al sistema. En esto consiste la inteligencia del régimen neoliberal. Dirigiendo la agresividad hacia sí mismo, el explotado no se convierte en revolucionario, sino en depresivo”. O en consumidor compulsivo o en productivo trabajador o en obediente ciudadano. Una idea que, por otra parte, ya desarrollaba el psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm en El miedo a la libertad, escrito en 1941 sobre el capitalismo de esa época:
En una palabra, el capitalismo no solamente liberó al hombre de sus vínculos tradicionales, sino que también contribuyó poderosamente al aumento de la libertad positiva, al crecimiento de un yo activo, crítico y responsable. Sin embargo, si bien todo esto fue uno de los efectos que el capitalismo ejerció sobre la libertad en desarrollo, también produjo una consecuencia inversa al hacer al individuo más solo y aislado, y al inspirarle un sentimiento de insignificancia e impotencia
Debajo de este coronavirus no hay nada que no estuviera antes. Lo que podría ser nuevo es la posibilidad de transformación radical que se abre ante un sistema que no va más, ante un centro de poder hegemónico que, por primera vez en muchísimo tiempo, está recibiendo golpes directos que antes era capaz de desviar hacia las periferias de lo blanco, masculino, heterosexual, productivo, burgués, colonial y ante la oportunidad histórica de aprovechar esta cuasi distopia para crear un mundo diferente al que teníamos.
¿Cómo va a ser nuestra práctica personal y colectiva una vez dejemos de estar en esta supervivencia física, económica, emocional, política, cultural, social y/o mental? ¿Vamos a volver a escoger el dinero por encima de las vidas, la mía y la de otras/es/os? ¿Vamos a volver a la rueda imparable y repetitiva del abotargamiento, ponte en fila y sigue al de delante? ¿Vamos a dejar pasar que en el 3ºB vive alguien que necesita mi apoyo, ya voy otro día, que llego tarde a yoga/el trabajo/recoger a las niñas/asamblea/cañas/_________/________ ? (dejo espacio para que rellene cada quien a su gusto).
Las extraordinarias cuestiones que nos tocará dilucidar en estos próximos meses serán sobre nuestra capacidad de imaginación radical y sobre nuestra capacidad de olvido. La primera está bastante anquilosada (el estado del bienestar nos da muchas cosas, pero también nos quita otras) y la segunda ha tenido dolorosos y protagónicos momentos en este país llamado España. El mayor desplazamiento que necesitamos hacer tiene que ver con alejarnos de la apatía y el miedo, activar la imaginación creativa y sacudirnos ese omnipresente “nada va a cambiar” porque, en realidad, todo está cambiando. La pregunta es quién va a dirigir y mantener dicho cambio y hacia dónde irá. Puede ser el momento de darle espacio político a la famosa frase del director de cine franco-suizo Jean-Luc Godard, “es el margen lo que sostiene la página”, dándonos cuenta que el margen es más grande de lo que pensábamos, que lo conformamos una importante y poderosa mayoría y que, desde ahí, hay ya miles de alternativas, pequeñas, medianas y grandes, puestas encima de las mesas.
Existe el deseo en muchas personas de contribuir a lo que se conoce como cambio social, un concepto complejo y a la vez vago que muchas veces es malentendido y cooptado. En palabras de la investigadora internacional Irene Gujit, generar un cambio social consciente consiste en visibilizar opresiones, marginaciones y relaciones de poder con el fin de transformarlas y producir un impacto sistémico y estructural que requiere intervenciones a nivel social y personal, generando pensamiento y acciones críticas hacia una sociedad equitativa donde haya justicia social y ambiental en una búsqueda dinámica.
Ahora, ¿cómo ocurre el cambio social? Para el antropólogo y facilitador social sudafricano Doug Reeler, sucede de tres formas: hay cambios proyectables, emergentes y transformativos. Basándonos en Reeler se puede entender que un cambio proyectable es aquel deseado que se logra por medio de rutas estructuradas y que está atravesado por cambios emergentes que son inesperados e incontrolables. Por último, el cambio transformativo es aquel que se da cuando hay una crisis o estancamiento y que pasa por una fase de desaprender y entender el momento, antes de alcanzar un cambio más profundo. Las dimensiones del cambio se mueven desde las transformaciones personales, pasando por las transformaciones de las relaciones y de los patrones culturales y llegando a las transformaciones estructurales, apunta Ignacio Retolaza.
Gran parte del colosal trabajo de hacer visibles las opresiones, marginaciones y relaciones de poder a gran escala y de que quien no las sufre comience a sensibilizarse con ellas ya lo está haciendo este coronavirus por nosotras. El inicio de ese cambio transformativo está en marcha y va a necesitar variaciones en todas las dimensiones recién mentadas (sí, también las personales – relacionales que no dependen tanto del gobierno central o autonómico de turno). Ahora, la pregunta vuelve en nuestra dirección, en palabras de la activista y escritora afroestadounidense adrienne maree brown: “¿Cómo nos movemos más allá de nuestra hermosa deconstrucción? ¿Quién nos enseña a reconstruir? ¿Cómo cultivamos el músculo de la imaginación radical necesario para soñar juntos más allá del miedo?”.
Para el pedagogo inglés Ken Robinson, la creatividad tendría mucho que ver en esta intención: “Para ser creativo tienes que hacer algo. Eso implica poner a trabajar a tu imaginación para realizar algo nuevo, para conseguir nuevas soluciones a problemas, e incluso para plantear nuevos problemas o cuestiones. Se podría decir que la creatividad es imaginación aplicada”.
La maestra, escritora y activista de la disidencia sexual del sur val flores destaca el trabajo de la imaginación como llave cardinal para atentar contra el orden social establecido, señalando la faena imaginativa de suspendernos en otras formas de pensar y vivir como manera de romper con el consenso del miedo y de la obediencia. Propone utilizar los resquicios que dejan los espacios liminales (concepto desarrollado por Ileana Diéguez): “Aquellos que se alejan de los procedimientos normales, gestándose un estado extracotidiano de extrañamiento de la escena habitual que supone una experiencia en los intersticios de múltiples mundos y disciplinas, una zona de contagio y contaminación transfronteriza donde se cruzan la vida, la condición ética y la creación estética”. ¡Qué mejor definición para esta nuestra cuarentena!
Actos creativos como herramientas de interferencia, deconstrucción y reconstrucción del mundo que nos rodea, como liberación colectiva, como des-homogeneización, como un camino de vuelta hacia nuestra común humanidad, como reconexión con ese torrente natural de energía que nos habita y que aporta haciendo realidad los sueños. Una creatividad que estas sociedades nuestras del miedo, del ridículo y del señalamiento, nos van reprimiendo. Una creatividad que necesitamos recuperar para poder hacer la verdadera transformación: dejar de tener miedo a la poderosa capacidad disruptiva de nuestra imaginación política y poética puesta en acción.
A casi nadie le gusta abrir la puerta al conflicto cuando llega. Tenemos miedo y preferimos que nos dejen en paz. Pero si recordamos que, cuando el conflicto llama a nuestra puerta, el proceso que sigue es como un espíritu impredecible que trata de manifestarse, estamos dando paso a nuevas relaciones. Cuando el conflicto llama, nos espera en la puerta la posibilidad de un nuevo tipo de comunidad. Una comunidad que no sólo se basa en la comprensión mutua, sino en la decisión compartida de entrar juntos en lo desconocido, en el conflicto – en el fuego que es el precio de la libertad (Arnold Mindell)
Estamos ante un problema de civilización, no de políticas públicas, lo que significa que no basta con mirar hacia afuera y esperar que alguien (sea quién sea), nos lo resuelva. En mi opinión, hace falta un cambio bien profundo. Necesitamos entender, primero, la centralidad de nuestra vulnerabilidad y, desde ahí, sabernos tan ecodependientes con la naturaleza y el resto de seres vivos como interdependientes con toda la comunidad humana (en palabras de la activista ecofeminista madrileña Yayo Herrero). Segundo, necesitamos activar al máximo nuestra capacidad de acción radical, creadora y propositiva, perdiendo el miedo a la libertad, a lo común y a la autonomía. Tal vez así podamos volarnos de las “prisiones de lo posible”, que dice la filósofa catalana Marina Garcés, y cuestionar los límites y el sentido mismo de esas posibilidades llevándolas paso a paso más allá, siempre mucho más allá.

Detectado en Barcelona el primer gato infectado con coronavirus en España

El gato fue sacrificado debido a una patología cardíaca grave y no al virus, cuya incidencia en los animales es muy minoritaria, según los investigadores

Investigadores de Barcelona han detectado el primer caso en España de un gato infectado por coronavirus. Ha sido un equipo del Centro de Investigación en Salud Animal (CReSA) el que ha encontrado un rastro del virus SARS-CoV-2, aunque con una carga muy baja, en varios órganos del animal, cuyo cadáver llegó al centro desde un veterinario. 
El animal, que ya sufría una patología grave, ingresó en un hospital veterinario con síntomas como dificultades graves para respirar, una temperatura rectal de 38,5 grados, un nivel de plaquetas muy bajo e insuficiencia cardíaca. Los profesionales optaron entonces por sacrificarlo y enviar su cadáver al CReSA. Estos, habida cuenta de que varios de sus dueños se habían contagiado de coronavirus, le hicieron una prueba diagnóstica que evidenció la presencia del virus en el organismo, aunque tras la necropsia concluyeron que no fue este el causante de la sintomatología que presentaba el animal.
El de este gato es el primer caso de un animal infectado con la COVID-19 que se detecta en España y uno de los pocos en todo el mundo. Apenas se han confirmado hasta la fecha seis gatos contagiados en todo el planeta. También algunos perros y una tigresa del zoo de Nueva York. Todas las investigaciones científicas hasta la fecha apuntan a que los gatos son la especie animal más susceptible de infectarse, aunque a la vez las probabilidades de que esto ocurra son mínimas, puesto que el virus se transmite básicamente entre humanos. Es decir, que ni suelen infectarse ni lo transmiten. 
“La vía de transmisión predominante del COVID-19 es de humano a humano y la capacidad de los gatos de transmitir la enfermedad es negligible; es decir, no juegan un papel significativo en la epidemiología”, ha expresado el investigador de CReSA y catedrático de la UAB Joaquím Sagalés, que disipa así las dudas sobre si estos animales podrían contribuir a la propagación de la pandemia. Natalia Majó, directora del centro, abunda en que es posible que los pocos casos que se dan sea porque los animales han tenido un contacto “estrecho” con personas infectadas. En este caso serían sus dueños.
En cualquier caso, el gato infectado presentaba una patología grave que no estaba asociada al coronavirus, según indicó el resultado de la necropsia, que se realizó en una Unidad de Biocontención apta para trabajar con coronaviurs. La actuación de los investigadores constató que, además de los síntomas, el animal presentaba una cardiomiopatía hipertrófica felina, cuyo origen es principalmente genético, y que sufría un edema y una congestión y hemorragia pulmonares.
“El hallazgo de SARS-CoV-2 en este animal fue incidental y no estuvo relacionado con la sintomatología clínica por la que se decidió eutanasiarlo”, incide Sagalés. Concretamente se detectó material genético ARN del virus en dos muestras extraídas de la nariz y del nódulo linfátio mesentérico -el que drena el intestino– del gato.
Desde el CReSA, que pertenece al Instituto de Investigación y Tecnología Agroalimentarias (IRTA), recomiendan que, para proteger a las mascotas del virus o viceversa, los enfermos deben tomar medidas básicas de higiene sobre todo después de estar en contacto con el animal o manipular su comida. “Si es posible, lo más recomendable es evitar el contacto directo”, aseguran. A pesar de que a sintomatología no es clara en los animales, añaden que pueden ser señales de infección la fiebre, la tos, las dificultades por respirar, los vómitos, diarrea, estornudos o letargia.