martes, 11 de febreiro de 2014

Mercadona, ¿supermercados de confianza?

Esther Vivas
Mercadona no es solo una cadena de supermercados, es mucho más. Mercadona significa poder. Y al frente, su fundador y presidente Juan Roig. Sin embargo, más allá de la imagen de empresa familiar, que crea empleo en tiempos de crisis, que cuida de sus trabajadores, su trastienda esconde una realidad poco conocida, y aún menos publicitada: financiación partidista, explotación laboral, desaparición del pequeño comercio, ahogo del campesinado, alimentos kilométricos. Esta es la otra cara de Mercadona.
Ni la crisis ha sido impedimento para que Juan Roig, un hombre hecho a sí mismo -como le gusta presentarse, se haya convertido en la segunda fortuna del Estado español, según la revista Forbes, con un total de 5.800 millones de euros en su bolsillo. Nada más y nada menos. Un patrimonio que atribuye a la “cultura del esfuerzo”, a la que acostumbra a apelar. Su receta para salir de la crisis es sencilla, solo se trata de una cuestión de esfuerzo: “La crisis durará más o menos años dependiendo de si cambiamos nuestra actitud y pensamos más en nuestros deberes y menos en nuestros derechos”. Aceptar la reforma laboral, imagino, debe formar parte de este esfuerzo.

Mercadona ha sabido sacar como ningún otro supermercado partido de la crisis. Desde 2008, sus ganancias han aumentado un 58%, consolidándose como el número uno de la gran distribución alimentaria. En 2012, sus ventas anuales fueron de 19 mil millones de euros, más del doble que su seguidor directo Carrefour. Y su cuota de mercado: 21%, prácticamente la misma que suman juntos Carrefour, Dia y Eroski, según datos de Kantar Worldpanel. ¿Su “receta mágica”? Según la empresa: siempre precios bajos, comercio de proximidad, etc. Sin embargo, hay una parte de la “receta” que suele “olvidar”.
Juan Roig comparecía, esta misma semana, en la Audiencia Nacional por los ‘papeles’ de Bárcenas, la “presunta” contabilidad B del Partido Popular (PP). Unos ‘papeles’ que señalan al magnate de los supermercados y apuntan a supuestas donaciones de Mercadona al PP por valor de 240 mil euros. Juan Roig, ante el juez Pablo Ruz, lo negó todo. Aunque, admitió donativos a la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES), del expresidente José María Aznar, por un valor total de cien mil euros en 2005 y 2012, y otra de cantidad similar a la la fundación Mujeres por África, de la exvicepresidenta del Gobierno por el PSOE María Teresa Fernández de la Vega. Así, todos contentos. Juan Roig declaró, también, haberse reunido “cinco o seis veces” con el presidente del Gobierno Mariano Rajoy. No en vano, según una encuesta de Ipsos, 2013, se trata del tercer empresario más influyente, detrás de Emilio Botín y Amancio Ortega.
Modelo alemán
Mercadona ha hecho siempre gala de contratos estables, salarios por encima de la media del sector, formación y apuesta por la conciliación entre la vida familiar y laboral. No obstante, el mismo The Wall Street Journal alababa el “modelo alemán” de la empresa y lo consideraba la clave de su éxito: condiciones de trabajo flexibles y salarios ligados a la productividad. Lo que no parece lo más adecuado para conciliar la vida personal con el trabajo ni lo mejor para una remuneración estable. De hecho, el mismo Juan Roig, como presidente del Instituto de la Empresa Familiar, que agrupa a un centenar de empresas líderes en su sector, ha exigido reiteradamente la “necesaria” flexibilización del mercado laboral, la reducción del coste del despido, el retraso de la edad de jubilación a los 67 años, el traslado de los festivos entre semana a los lunes a fin de evitar “los puentes” y la desvinculación de la subida salarial al aumento del IPC. Todo claro, pensando en los trabajadores.
Las denuncias a Mercadona por abusos laborales son múltiples y vienen de lejos: despidos improcedentes, política antisindical, presión extrema sobre la plantilla, dificultades para obtener la baja, acoso. En 2006, empezó un largo conflicto en el Centro Logístico de Sant Sadurní d’Anoia, encargado del abastecimiento de los supermercados de Catalunya, Aragón y Castelló, cuando varios mozos de almacén comenzaron un proceso de auto-organización frente a los atropellos de la empresa con el apoyo del sindicato CNT. La respuesta de Mercadona no se hizo esperar: tres empleados a la calle. Esto desencadenó una larga huelga de marzo a septiembre de 2006. Muchos otros son los casos que se podrían contar. Solo añadiremos uno más: el de Francisco Enríquez, siete años en un Mercadona en Málaga, despedido en octubre de 2013 tras ser elegido delegado sindical de CGT. A menudo, la realidad desmiente el marketing.
Adiós fruteros
La desaparición del pequeño comercio es otro de los “daños colaterales” de la proliferación de los supermercados. Aunque desde Mercadona afirman que allá donde se instala uno de sus establecimientos se desarrollan varias tiendas a su alrededor. Sin embargo, yo diría que se instalan muy a su pesar. Y no se trata de cualquier tienda sino de fruterías que aprovechan el insípido y envasado producto fresco que vende Mercadona para ofrecer una alternativa a los clientes de la cadena. El propio Juan Roig lo dejaba claro al afirmar que alrededor de cada Mercadona “no hay ningún colmado pero hay ocho fruterías”. Y añadía: “Sin ir a Harvard sino a ‘Harvacete’, los fruteros son más listos que nosotros”. ¿Cuál es su objetivo ahora? Ni colmados ni fruterías en las inmediaciones de Mercadona. La empresa lanzó, a finales de 2013, una nueva estrategia para vender directamente productos frescos.
Campesinos, ganaderos y proveedores tampoco están muy satisfechos con Mercadona. Sindicatos agrarios como COAG han denunciado varias veces como el proceso de concentración de los supermercados en pocas manos favorece su enriquecimiento a costa de la reducción de ingresos de los agricultores y ganaderos. En junio de 2013, campesinos canarios concentrados a las puerta de un Mercadona en Las Palmas de Gran Canaria regalaron ocho toneladas de patatas para denunciar los precios de miseria que les pagaba el supermercado, por debajo del gasto de producción. Según COAG Canarias, las grandes cadenas de distribución entran en “guerras de precios” para ganar cuota de mercado y esto “lo paga los que están al principio de la cadena”.
No se trata de un caso puntual. La Unións Agrarias y la Asociación Sectorial de Criadores Avícolas de Galicia denunciaron, en agosto de 2013, ante el Consello Galego da Competencia como siete supermercados vendían el pollo por debajo del coste de producción y prácticamente al mismo precio. La  Unións Agrarias acusaba directamente a Mercadona de “liderar” el pacto de precios: “Si Mercadona varía 10 céntimos el precio, las demás superficies no tardarán en hacerlo”. Lo que pone en una situación “muy difícil”, añadían, a las casi 800 granjas existentes en Galicia. Juan Roig dice que Mercadona quiere “dignificar el trabajo del agricultor, pescador y ganadero de nuestro país” y defiende que “ganaderos y agricultores tienen que ganar dinero”. Las palabras, sin embargo, se quedan en papel mojado.
Alimentos kilométricos
Los alimentos en Mercadona, ¿de dónde vienen? Un informe de Amigos de la Tierra señala que si los alimentos que compramos llevaran un contador, la media de kilómetros recorridos antes de llegar a nuestro plato sería de 5.000. Mercadona, la mayor cadena de supermercados, no debe ser una excepción. El sindicato COAG denunció, en marzo de 2009, el acuerdo entre Mercadona y la empresa portuguesa Sovena, cuyo principal accionista es uno de los yernos de Juan Roig, para plantar olivar y producir aceite de oliva en Portugal y el norte del Magreb, deslocalizando la producción.
Y es que ni la famosa orxata valenciana parece ser ya de Valencia. La Unió de Llauradors destapó, en abril de 2013, que la orxata comercializada en Mercadona no llevaba el distintivo de Denominación de Origen con lo cual, muy probablemente, la xufa original venía de África, con la consiguiente explotación laboral de sus productores y el impacto medioambiental de dichos alimentos “viajeros”. Mercadona lo negó, pero no pasó a etiquetar sus productos con esta denominación, como sí hacen otros supermercados, por lo tanto el origen de la xufa es desconocido. Asimismo, se han detectado, también, en Mercadona naranjas etiquetadas como valencianas pero con origen en Argentina, calabazas de Panamá, pescado congelado africano o de América del Sur, así como otros productos con muchos kilómetros a sus espaldas.
Mercadona invierte miles de euros en cuidar su imagen. “Supermercados de confianza”, nos dice. ¿Seguro?
Artículo en Público.es

luns, 10 de febreiro de 2014

Pornografía humanitaria



África, esa cosa tan grande, ¿verdad? Ese continente tan rico en recursos y sobre todo en personas. Esa mirada honesta, sacrificada, esa cara amable a pesar de las guerras, el hambre, el sufrimiento. Los niños soldado, las pateras, las armas de contrabando y la cocanía. No saben nada, se mueren todos de hambre, todos se matan en guerras fraticidas donde se encomiendan al vudú. Moscas, barrigas hinchadas, dientes blancos y ojos encharcados. It’s time for Africa.
Los estereotipos.
Para periodistas y ONG no es fácil hacer un relato veraz y complejo de los mundos que no nos pertenecen. A veces queremos ayudar y no hacemos sino sin cavar más hondo en la peligrosa mina de los estereotipos, de donde salen artefactos mediáticos tan brillantes como llenos de aristas.

El "efecto ayuda", ha escrito Paz Vaello en eldiario.es. "Donar a golpe de emoción", han escrito este lunes Óscar Gutiérrez y Ana Carbajosa en El País. Que la solidaridad o el periodismo dependan de chutes de sensibilidad no es una novedad, y resistir esa tentación forma parte de nuestro trabajo. Lo peor: cuanta más emoción se ponga en el asador, más caña te pide el cuerpo. Cuanto más sube la tolerancia, mayor debe ser la dosis para obtener los resultados deseados.

Pero hay cosas que están por encima de los debates entre sensibilidad y caricatura, entre la eficacia y la complejidad; hay cosas que son directamente pornografía humanitaria. La exposición, cosificación y yuxtaposición de historias dramáticas para golpear tan fuerte y de manera tan de brocha gorda que solo se persigue disparar las sensaciones físicas, provocar una reacción irracional basada en ese estímulo y no en una lógica.

Para identificar casos extremos de pornografía humanitaria están los premios Rusty Radiators Award, puestos en marcha por la ONG noruega SAIH con el vídeo que abre este texto, donde hablan con ironía sobre los tópicos de las campañas humanitarias. Los premios identifican campañas de captación de fondos de organizaciones que según sus criterios incurren claramente en la perpetuación de estereotipos. Y viendo los candidatos, no hay duda:

Este de arriba es uno de los peores. Una ametralladora dispara caras de niños tristes sobre nosotros sin más contexto de sus vidas (ni si quiera sabemos en qué país estamos) que la constatación de que sufren mucho. Un señor aparentemente conocido nos dice: "Me habéis visto antes en lugares como este (…) pero lo que no habéis visto es a un niño como Isaac, bajo una puerta, preguntándote '¿me traerás un sponsor? ¿alguien va ayudarme?'". A su lado, Isaac – creamos que al menos sí que se llama Isaac – hace como puede su papel. De fondo, música para la ocasión.

Y este otro de abajo rompe con el espíritu de una gran organización como UNICEF. La mala práctica en este caso es la lógica de que los problemas del mundo tienen arreglo fácil. "Qué pasaría si todo lo que tuvieras que hacer es rascarte los bolsillos y sacar 50 centavos para salvar la vida de ese niño", dice una actriz de ojos dramáticos. "Nunca ha sido tan fácil salvar la vida de un niño", insiste. "Con dos monedas", vuelve a decir. Y todos sabemos que no.


Puedes ver más ejemplos y votar en su web.

¿Y entonces cómo? Pues estos premios tienen una parte amable que destacan el buen enfoque de las campañas. Este resume bien cómo se puede hacer un relato duro y a la vez racional, sensible y a la vez argumentado; estéticamente potente e innovador sin dejar de ser responsable. Un anuncio, sí; o un reportaje que llame la atención, vale. Pero no pornografía humanitaria.

El juez Castro obligará a la Infanta Cristina y a su marido a hablar más entre ellos

CONSIDERA PROBADOS LOS PROBLEMAS DE COMUNICACIÓN DE LA PAREJA

Tras interrogar el pasado sábado en los juzgados de Palma a la Infanta Cristina durante seis horas, el juez José Castro considera probado que la imputada tiene problemas de comunicación en su matrimonio.
La hija del Rey, imputada por fraude fiscal y blanqueo de capitales, aseguró en reiteradas ocasiones que desconocía los negocios de su marido, y tal desconocimiento, según el juez, “revela conductas negligentes que podrían poner en peligro una relación de casi veinte años”.
Tras el caso Nóos se esconde “una pareja que olvidó cómo quererse”
El interrogatorio constó de más de 400 preguntas que, pese a centrarse inicialmente en los detalles del caso Nóos, acabaron interesándose de forma exclusiva por el día a día de la pareja.
“¿Su esposo llega por la noche después de trabajar y usted qué hace, qué le dice?”, preguntó el juez a la Infanta Cristina. “Le pregunto qué tal le ha ido todo”, contestó la imputada. “¿Y él que dice?”, insistió el juez, a lo que la hija del Rey respondió que Iñaki Urdangarin se limitaba a decir “Bien, cansado pero bien”.
El magistrado acusa a la Infanta Cristina de “no pedir más detalles a su esposo, no tanto para controlar como para demostrar un poco más de interés, que es la base del cariño”. Tampoco exculpa a Iñaki Urdangarin, al que considera “corresponsable de la progresiva degradación de los vínculos afectivos”.
“¿Puede recordar cuándo fue la última vez que miró a los ojos de su marido y reconoció a aquel chico rubio lleno de sueños y ambición?”, insistió el juez Castro desmontando emocionalmente a la interrogada, que apenas pudo responder negativamente entre balbuceos y con los ojos llenos de lágrimas. “Le quiero pero no sé qué nos ha pasado”, pudo añadir finalmente.
“¿Cuándo fue la última vez que hablaron de manera sincera, cara a cara y desnudando su alma el uno frente al otro?”, inquirió el magistrado, esta vez sin obtener respuesta.
Tras una pausa breve pero cargada de tensión, el juez sentenció que “una relación es como un jardín que hay que cuidar, y en el suyo empezaron a crecer malas hierbas, las del caso Nóos, que ponen de manifiesto que tanto usted como el señor Urdangarin dejaron de luchar por el proyecto que comparten. Y esta es la raíz del problema, esto es lo que nos ha llevado hasta aquí”.
La conclusión principal del magistrado es, en sus propias palabras, que “el señor Iñaki Urdangarin buscó en el dinero la satisfacción que ya no le estaba proporcionando su matrimonio, y todo ello con la complicidad de la imputada, que por miedo a afrontar el problema prefirió fingir que nada ocurría”.
El juez insiste en que “detrás de todos estos problemas de sociedades, papeles y dinero hay una pareja que olvidó cómo quererse”.
La argumentación del magistrado José Castro le lleva a imponer a la Infanta Cristina la obligación de presentarse el día 20 de cada mes en los juzgados de Palma junto a su marido.
“Quiero que se sienten los dos aquí y me vayan contando cómo les va al uno y al otro, y que adquieran de nuevo el hábito de compartir lo que esconden sus corazones. Vamos a romper ese muro de gélido hormigón que se ha creado entre ustedes y verán cómo el asunto este del fraude fiscal se diluye y sus lazos recuperan el vigor de antaño”, ha prometido el juez.

La princesa prometida

Antón Losada

La declaración de la infanta ha sido planteada como un punto final, como ese momento de bochorno que debe pasar la señorita de buena familia pillada en falta para que todo se olvide.

Tras el caso Nóos se esconde “una pareja que olvidó cómo quererse”. El juez Castro obligará a la Infanta Cristina y a su marido a hablar más entre ellos

Entre la interesada pirotecnia del debate manipulado sobre los paseíllos, la seguridad o las conspiraciones contra la imputada, la realidad se ha abierto paso como suele. La propaganda es efímera y la realidad pervive. La secuencia de la infanta entrando a declarar en Palma es el reverso tenebroso de los vistosos reportajes gráficos de su boda en Barcelona. Dos imágenes que sintetizan a la perfección la trayectoria de la monarquía española durante los últimos veinte años. De la prensa rosa rosa a la prensa amarilla, deLa Princesa Prometida a Con Faldas y a lo Loco.
Si la infanta hubiera acudido voluntariamente hace unos meses al juzgado, seguramente habría evitado tanto parte del desgaste Real como una costosa mudanza a Suiza. Ahora ya es tarde. Ahora va a rastras. Ni siquiera ha tenido la inteligencia de desprenderse de alguno de los privilegios del poder para presentarse ante la Justicia como una ciudadana mas. Los monárquicos hablan de día histórico y declaración serena y sin contradicciones que prueban cómo la Justicia es igual para todos. Pero ya se sabe que la peor amenaza soportada hoy por la monarquía proviene de los monárquicos. Hay amores que matan.
La declaración de la infanta ha sido planteada por sus abogados y por la Casa Real como un punto final, como ese momento de bochorno que debe pasar la señorita de buena familia pillada en falta para que todo se olvide. Para los papeles que firmaba, alega confianza en su marido. Para las cosas que pagaba, alega desconocer la procedencia del dinero. Ni siquiera cuando supo que su padre, el Rey, sugirió a Urdangarìn alejarse de Noos se le ocurrió preguntar qué pasaba, cómo se había pagado el palacete de Pedralbes o quién contrataba al jardinero. Si la idea era que todos pensásemos que bastante castigo tiene encima con semejante disgusto, les han timado. La confianza y la ignorancia no figuran como eximentes en el Código Penal y en política, son agravantes.
El sábado la infanta confirmó que en palacio conocían la estafa y la solución fue mandarlos de viaje con todos los gastos pagados. Sin juez Castro y con juez Castro, sin sentencia y con sentencia, el caso Nóos es un siniestro total y alguien debe asumir el coste en Zarzuela. La monarquía también debe pagar por sus errores y cuanto más se resista y se empeñe en ahorrárselos, mas caro resultará el precio final. Se ha acreditado la existencia de una "corte de los milagros" que saqueaba recursos públicos al amparo de la Casa Real. Fueron descubiertos y lejos de obligarles a devolver lo sustraído, se les proporcionó una cobertura de lujo.
Para demorar la acción de la Justicia, se ha quemado gravemente la imagen de la policía, de los jueces, de la fiscalía, del Gobierno o de la Agencia Tributaria haciéndoles aparecer como encubridores. Lejos de apagar el incendio, se ha avivado y extendido por todas las instituciones del Estado. Si en Zarzuela creen que se puede salir indemne de semejante estropicio, es que no habita vida inteligente en la casa del Rey. Las estrategias de manual de comunicación no valen. Tampoco la peculiar eximente de amor que argumenta la defensa, desmontada hace tiempo en Love Story: "Amor es no tener que decir nunca lo siento", señoría. Como bien decía el Pirata Roberts a la princesa prometida: "La vida es dolor, alteza. Quien quiera que diga lo contrario intenta engañaros".

Humor











domingo, 9 de febreiro de 2014

“Quiero morir porque amo la vida”

Emilio de Benito

José Luis, con cáncer terminal, luchó por una sedación que acabó con su vida la semana pasada

“Me consumo, pero no les parece suficiente”, se quejaba
“Quiero morir porque amo la vida”. A sus 63 años, José Luis Sagüés, madrileño de ascendencia vasco-navarra, tuvo que enfrentarse al sistema para conseguir su objetivo: “Decidir cuándo me muero”. Al final lo consiguió con la ayuda de la asociación Derecho a Morir Dignamente(DMD). Esta ONG apreció en el hombre un estado de angustia y deterioro que consideró suficiente para sedarle, aunque ello tuviera como efecto secundario acortar su vida, algo que el servicio de cuidados paliativos que le atendía le negaba. Fue lo más que consiguió este luchador que tenía muy claro que no quería consumirse hasta el final. “Quiero despedirme con los míos, después de tomar un vino”. Según uno de los médicos que le atendieron al final, lo consiguió. “Fue como en la película de Las invasiones bárbaras, con toda la familia alrededor. Nos hicimos fotos y brindamos. Se despidió y luego le sedamos”, cuenta. La indignación ante la negativa del sistema a ofrecerle una salida (con la eutanasia prohibida, la única opción legal en España es una sedación terminal) le llevó a contar su historia a EL PAÍS.
Lo hizo el pasado 24 de enero. Su idea era esperar al 1 de febrero para solicitar el tratamiento definitivo. Pero no aguantó tanto. Un empeoramiento que sufrió el domingo 26 le hizo adelantar el proceso. Médicos de Derecho a Morir Dignamente, que certificaron su estado de “angustia física y psicológica”, le aplicaron el correspondiente tratamiento el lunes 27. Falleció al día siguiente.
Dos días antes de esa última crisis, en la cama de una luminosa habitación de la casita que Concha, su mujer —“a ella no le gusta, pero yo quiero que salga”, dice con picardía—, tiene en El Álamo, un pueblo a 40 kilómetros de Madrid, José Luis es un torbellino de ideas y citas. “No os creáis, me he tenido que meter de todo para aguantar esta entrevista. Hay veces que no puedo ni hablar”, casi se disculpa. La morfina y las anfetaminas le convierten en un conversador acelerado, y le provoca algún pequeño lapso que no enturbia su lucidez.

Lucha por la muerte digna

  • Ramón Sampedro. Este gallego, tetrapléjico desde los 25 años, fue la primera cara de la lucha por la muerte digna en España. Llevó su caso a los tribunales para que le ayudaran a morir, pero no lo consiguió. Se suicidó con cianuro en 1998. Dado que para quitarse la vida necesitó la cooperación de otras personas, su entorno fue investigado y una amiga, Ramona Maneiro, acusada, pero resultó absuelta. La cooperación necesaria para el suicidio está penada en España, aunque si el que pide ayuda para quitarse la vida sufre una enfermedad terminal se considera una eximente parcial.
  • Madeleine Z. Esta mujer de 69 años sufría una enfermedad que la iba paralizando progresivamente. Se suicidó en 2007 ingiriendo una combinación de fármacos que le habían recomendado unos médicos. El suicidio médicamente asistido implica que el afectado tome voluntariamente los fármacos que le prescribe un facultativo, y, en Europa, solo está permitido en Suiza. Hubo una investigación que no acusó a nadie.
  • Pedro Martínez. Este joven murió en 2011 después de recibir una sedación terminal. Sufría esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y, ante su progresiva asfixia y sufrimiento, recibió unos calmantes que, como efecto secundario, le produjeron la muerte. Esta práctica, la sedación terminal, está aceptada médicamente y es legal. Es a la que ha recurrido formalmente José Luis Sagüés.
  • Inmaculada Echevarría. La mujer consiguió en 2007 que le retiraran la respiración asistida que la mantenía con vida. La cesación del esfuerzo terapéutico a voluntad del paciente también es legal y se considera una buena práctica médica.
  • Eutanasia. Consiste en suministrar fármacos a un paciente terminal con el fin de acabar con su vida. En Europa solo es legal en Holanda, Bélgica y Luxemburgo, y, en el mundo, en algunos Estados de EE UU y Australia.
“Eso es lo que me pasa: cuando viene la médica de cuidados paliativos me dice que aguante, que todavía tengo la cabeza bien. Pero por eso mismo quiero irme ahora. No quiero esperar a consumirme, a perder la consciencia. Y ya me consumo, pero no les parece suficiente”, dice indignado. Fue —cuentan los médicos que le atendieron al final— lo mismo que le dijeron el lunes, después de la crisis del domingo por la noche en que llegó a caerse de la cama y que le llenó de inquietud por si perdía el control de la situación. “Ya ni pidió a los cuidados paliativos que le sedaran; sabía la respuesta”, dice el doctor que finalmente le atendió.
Profesor de Filología Alemana en la Universidad Complutense de Madrid, José Luis ha visto cómo, en el último año, ha tenido que aparcar su vida. “Como decía Cortázar, ‘ya no hay nada que hacer, el fósforo se apaga’. Pues a mí la cerilla ya me está quemando los dedos”, dice.
La firmeza solo se resquebraja en un par de ocasiones. Una, cuando asegura que la decisión de pedir una sedación paliativa solo la puede llevar a cabo gracias al apoyo de sus cinco hermanos, de sus sobrinos, de algunos amigos. Otra, cuando recuerda que, precisamente, a su hermana Regina, la pequeña, con 50 años, no le dieron esa oportunidad. “La torturaron. Estaba casada con un italiano de Berlusconi que se empeñó en que le hicieran de todo aun sabiendo que aquello no servía para nada”. Justo lo que José Luis no quería para él. Su muerte ha sido, seguro, también un intento de resarcirse del sufrimiento de su hermana.
“Me quiero morir porque amo la vida, porque estoy contento de estar vivo, y si a uno le encanta la vida tiene que saber morir, es parte del proceso. Y yo quiero hacerlo contento. No estoy desesperado, no tengo miedo. Se vive mucho mejor sin miedo. Pero ahora solo aguanto, no me extingo, porque me queda algo de fuerza biológica. Y no tiene sentido esperar a que esta desaparezca. No quiero llegar a esa situación. Bastante consumido estoy ya. No quiero que me ofusquen la morfina, ni [el obispo] Rouco Varela ni los paliativos”, dice convencido.
“Ateo, republicano y comunista”, José Luis también estuvo en la cárcel en el franquismo. “Era lo que tocaba. No me arrepiento”, cuenta. Estas convicciones han marcado su vida. “Como dice Feuerbach, de lo que se trata es de transformar el mundo. Y yo estoy satisfecho”.
En el torbellino de su mente, la última frase tiene varias lecturas. Puede ser por el éxito de hace menos de tres meses, justo antes de su último ingreso hospitalario, cuando montó una dramatización sobre un poeta alemán en el Instituto Goethe. O por la tranquilidad de que ha hecho todo lo posible para llegar al final “con todo el bagaje”.
Y eso que no ha sido un año fácil. “Empecé a sentirme mal a finales de 2012. Me ahogaba. Pero estábamos en San Sebastián, y cualquiera va a urgencias en vacaciones de Navidad. Por si era del corazón, hice una prueba: fui a un asador, y me tomé un buen chuletón, con su ensalada, sus pimientos, su vino. Si aquello no me sentaba mal, es que no era del corazón”. No lo fue, dice, y parece relamerse aún del gusto de aquella comida de buen vividor —“no como ahora, que con la morfina tengo la boca acartonada y nada me sabe a nada—”.
Volvió a Madrid conduciendo desde San Sebastián, y fue derecho a urgencias. “Poco a poco, prueba tras prueba, veía claro que lo que tenía era un cáncer. Pero había que saber cuál”. Al final, hubo un diagnóstico: “Un adenocarcinoma de pulmón de cuarto grado con el mediastino [la cavidad donde está el corazón] afectado. Me dieron un año de vida, justo lo que he vivido. Es un cáncer genético, porque yo no he fumado en mi vida y he sido muy deportista. De fútbol no, pero he hecho mucha bici y piragüismo”.

“A mi hermana le hicieron de todo sabiendo que no servía para nada”
No se rindió. Eso no va con él. El relato se enmaraña a veces por efecto de la medicación y las ganas que tiene de dejar claro el mensaje, pero la narración muestra la lucha simultánea a los preparativos para el final. “En marzo me casé con Concha. Debió de ser el 20 o el 21 de marzo”, afirma con un despiste sintomático. Porque después de años de convivencia, esa fecha no era la importante para él. Lo que cuenta es que “así a ella le puede quedar mejor pensión”, y que, aprovechando el cumpleaños de su madre, lo celebraron el 14 de abril, día de la proclamación de la República. “Es una tradición que tenemos”. “Llegué hecho una máscara de pus. Es uno de los efectos de la medicación que estaba tomando”.
Se ríe al recordar el momento en que empezó el primero de los tratamientos. “Me dijeron que tenía que tomarme la pastilla a las ocho de la mañana, así que ese día me puse el despertador, me alcé, puse el himno de la extinta Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, y ahí, con el puño en alto, me la tomé”. Aquel ataque de heroicidad no va con él. “Al día siguiente, me di cuenta de que aquello había sido, más bien, un ataque de estulticia. Así que me levante, cogí la pastilla, pero no me la tomé con la Internacional. Puse a Krahe versionando a Brassens. Ahí estaba yo, ‘como un gilipollas, madre”, tararea y ríe a la vez.
A los tres meses, los chequeos demostraron que aquel tratamiento no funcionaba. Todavía probó otro. “Pero tuve todos los efectos adversos posibles”, dice. Ahí se desata su indignación. “Le dije a los médicos que lo dejáramos, que aquello no servía para nada. Pero ellos se empeñaron en que siguiera más, que era el protocolo. ¡Y qué cojones me importa a mí el protocolo, si me iba a morir! Eso es lo malo de los médicos. No tienen una visión holística, del conjunto de la persona. Saben mucho de lo suyo, pero estos médicos jóvenes, tan eficaces, ni te miran a la cara. No se atreven a decidir. La Ilustración no ha llegado a la medicina. Se agarran al juramento hipocrático, cuando ese señor murió hace miles de años, pero no han leído a Kant. O sí, pero no se han enterado. Y yo les digo como el filósofo: ¡Sapere aude!, ¡atrévete a saber! Que piensen con su cabeza”.
No quiere, sin embargo, cargar las tintas con los profesionales. “Las enfermeras han sido todas magníficas. Son la columna vertebral del sistema. Y conste que con los médicos me llevé muy bien. Siempre fueron claros. Se ve que sabían que trataban con alguien preparado para aceptar lo que fuera. El problema es del sistema, que no les permite pensar. Me voy degradando de tal manera que ya ni siquiera alcanzo a levantarme. No puedo llegar ni al pico de la mesa. Y las médicas de paliativos aún me dicen que tengo que luchar más, que todavía estoy bien de la cabeza. Pero lo que yo quiero es decidir, es un derecho. Uno tiene que decidir cuándo va a morirse porque es un derecho que vamos a ganar. Y hay que hacerlo con una sonrisa”.

“La médica me dice que aguante, que todavía tengo la cabeza bien”
Por si alguien duda lo del deterioro, muestra sus piernas enflaquecidas. Unos ligeros puntitos amoratados señalan dónde tuvo las erupciones. “Con estas no hay quien ligue”, bromea al bajarse el pantalón. Pero lo que llama más la atención son dos agujas, clavadas una en cada muslo. “Al estar en las piernas, yo decido cuándo me inyecto, aunque a veces no puedo. La medicación me ha dejado las manos sin fuerzas. Todo se me cae, y alguna noche he tenido que cargar la jeringuilla ayudándome con la boca”, dice a la vez que representa el esfuerzo.
Como para corroborar lo que dice de su falta de fuerza, de su torpeza sobrevenida, el ordenador se le resiste. “No tengo sensibilidad en los dedos, pero aún lo manejo con los meñiques”. Parece mentira que hace poco más de medio año fuera capaz de coger el kayak y salir al mar en San Sebastián. “Quería ver el Peine de los Vientos desde el agua, y al final me hice todo el recorrido de la Bandera de la Concha, la famosa regata. Disfruté como un grajo”.
Algo así sería impensable ahora. “En los últimos meses, cuando tengo fuerzas, me conecto al portátil y le mando cartas a los diputados para que regulen la eutanasia y la muerte digna. Pero ninguno me contesta. Ni los del PP ni los demás. La izquierda, empezando por el PSOE, ha abandonado el asunto. Lo llevó Zapatero en sus primeras elecciones, y no lo han vuelto a tratar. Y esto es un derecho humano, no es de derechas o izquierdas, es algo transversal”, se queja.
“Menos mal que hace ya muchos meses nos hicimos toda la familia de DMD”. Adquiere un tono profesoral cuando habla de esta asociación. “Tienen todo mi reconocimiento por luchar por lo que luchan. Frente a ministros como el de Interior, que fían en santa Teresa para arreglar los problemas”, ironiza sobre la reciente apelación a la santa de Jorge Fernández Díaz para que ayude a España en estos “tiempos recios”. “Ellos trabajan por la gente, por los derechos de todos”, dice. “Y todavía hay gente, como el exportavoz de Aznar, Miguel Ángel Rodríguez, que llamaba nazi a [Luis] Montes”, médico de la asociación que fue juzgado —y absuelto— por el caso de las sedaciones de Leganés. “Me dan ganas de ponerme bueno solo para coger un palo e ir a verle”, dice indignado.
La mención a los políticos le lleva otra vez al objetivo de esta entrevista. “Espero gestionar bien el tiempo que me queda. Muchas cosas no puedo hacer, pero sí hablar con los míos y hacer manitas. No tengo miedo. Y cuando llegue el momento, reuniré a la familia y tomaremos un vino antes de que me seden. Yo quiero decidir. Basta de tutelas. ¿Por qué hay quien se cree con el derecho a salvarte si tú no quieres que te salven?”.
Por fin, el ordenador responde al torpe manejo. “Ya les he dicho lo que quiero cuando me vaya. Primero habrá que dejar pasar un tiempo, hasta que se supere el duelo. Y luego, el 14 de abril, me gustaría que vayamos al mismo bar donde celebramos la boda y hagamos una fiesta. Yo les pediría que canten la Internacional, por lo menos la primera estrofa, que es la única que se saben todos”, dice hablando en primera persona. “Que haya discursos los justos. Yo ya me habré despedido”.
Lo dice mientras muestra el fichero que acaba de abrir en su ordenador. Si todo sale como José Luis ha planificado, todos sus allegados ya habrán recibido su último mensaje: “Hasta siempre, y no os olvidéis de sonreír. Gracias y un abrazo”.
“Estas cosas, mejor hacerlas cortas, ¿no?”.

Ceuta: ¿dónde están los “provida”?

Juan Luis Sánchez



Casi siempre sucede que cuando uno vive intensamente o empatiza intensamente con una tragedia, se activan todos los mecanismos de la superioridad moral y hasta la sociofobia. Se entrega uno a las comparaciones, justas y a la vez irracionales: ¿por qué la muerte de personas en Ceuta no escandaliza como un apuñalamiento en el centro de Madrid? ¿Por qué un bolazo de goma en una de las manifestaciones que hacemos en streaming supone una agresión mayor que a personas que están cruzando por el agua intentando llegar a suelo español? ¿Por qué si alguien pierde un ojo se activa todo el tejido activista y si una decena de personas pierde la vida entre el atosigamiento de las policías española y marroquí apenas se desgañitan los cuatro de siempre? ¿Dónde están los “provida”?

Cavar demasiado hondo en esa lógica lleva a la desesperación y a la soledad. Los que hemos trabajado periodísticamente la inmigración, los que hemos visto cómo viven en Marruecos, cómo intentan cruzar, cómo de cerca está y cuánto silencio les envuelve, reventamos cada vez que sucede algo como las muertes de Ceuta. Nos parece que tendría que ocupar no solo titulares, sino debates, reportajes, tertulias polémicas de esas en las que todo el mundo grita mucho y airadas declaraciones políticas.

Pero luego uno piensa, por aliviarse, que esa misma sensación la tendrán tantas otras personas con tantas otras injusticias que a ellos les revuelven y, por la razón que sea, a otros nos tocan menos dentro. En esos casos, supongo, son ellos los que nos mirarán con dolor, superioridad moral y odio. Si cada uno de nosotros enumerara 5 injusticias desgarradoras de nuestro alrededor más inmediato seguramente no fueran las mismas. Eso quiero pensar.

Lo que no puede ser subjetiva es nuestra sensibilidad ante la mentira. Y haciendo un repaso a las versiones que ha dado el Gobierno, Interior y la Guardia Civil sobre la muerte de la decena - ni siquiera se sabe ya en realidad cuántos cuerpos han encontrado – de personas, uno deja de discutir en el plano de la sensibilidad y comienza a hacerlo en el de la decencia. Tengan ustedes la injusticia de cabecera que quieran; pero seamos todos igual de firmes contra la mentira.