Aníbal Malvar
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La izquierda tradicional española sigue en su empeño suicida. Qué hartazgo. Desde que conocemos la democracia, nuestra izquierda siempre ha padecido un enfermizo deseo de no gobernar. Lo pudo hacer el PSOE en los 80, pero enseguida comprendió que no aguantaría en el poder si no legislaba desde el centro a tres pasos de un cajero del Santander. Lo pudo hacer José Luis Rodríguez Zapatero –menos– en la década pasada, pero le llegó un billet doux de Angela Merkel y no resistió la tentación de arrodillarse ante el perfume de la ropa interior de los mercados.
Ahora que ya todos sabemos que el PP es una lavandería mafiosa de dinero negro, ahora que la gente se ha hecho de izquierdas a base de hambre y corrupción, los grandes partidos siniestros se suicidan con una alegría muy digna de encomio. PSOE e IU nos demuestran en estas fechas que, más que miedo a la derecha, siempre han vivido con mucho miedo a sí mismos.
En estos días, mientras la gente sufre atentados cotidianos contra su pan y contra su dignidad, PSOE e IU continúan jugando su particular guerra suicida. A mí me parece una falta de respeto hacia el pueblo, coño. Que nosotros hemos amado muy profundamente algunas siglas. Y por momentos nos ilusionamos pensando que esas siglas también nos amaban a nosotros.
La ruptura andaluza con adelanto electoral y las crisis madrileñas de PSOE e IU son frívolas en un país con seis millones de parados y los niños comiendo mierda y frío en los colegios. Nuestra izquierda se mira al ombligo mientras la Europa de derechas se distrae chantajeando en Grecia a Syriza, y amenazando con que no habrá dinero si enciende la calefacción a los pobres. Europa está muy pendiente de España, no vaya a ser que gane la izquierda y también nos pongan el radiador. Y la izquierda tradicional española, como tiene tiempo para distraerse, se dedica mientras a dirimir sus cuernecillos íntimos peleando a Susanita con Pedro, echando de la clase a Tomás, o levantándole la falda del uniforme a Tania. Son como niños. Y muy inoportunos.
Si no hubiera aparecido Podemos, estas elecciones serían una confrontación entre un partido corrupto y corruptor y dos viejos partidos infantiloides, metidos en riña por una goma de borrar y que no atienden a las lecciones del profesor, que viene siendo el pueblo. Ese honrado maestro desafeitado a quien nadie escucha.
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