Páxinas

xoves, 30 de xaneiro de 2014

Yo contra el fútbol

David Torres
La primera vez que entré en un campo de fútbol me acojoné. Me acojoné mucho. Yo tendría unos ocho años y el Vicente Calderón rebosaba de himnos y banderas. Era un vocerío, un océano de cabezas, bufandas y brazos que restallaba en una versión rojiblanca del Coliseo Romano, una mezcla entre El triunfo de la voluntad, una tasca de pueblo con Canal Plus incorporado y una parada del Caudillo en el Valle de los Caídos. Ver no vi gran cosa pero a los veinte minutos de rugidos todo el estadio se levantó como una sola erección y un señor que estaba sentado tres asientos más allá berreó por encima del estruendo: “¡Árbitro! ¡Habría que matarte! ¡Matarte es poco! ¡Matarte y fusilarte!” Varios aficionados a su alrededor apoyaron la moción con entusiasmo. Desde entonces he desconfiado instintivamente de las multitudes.
El fútbol no me gustaba y yo no le gustaba al fútbol: eso era un hecho. Un hecho incontrovertible que condenó mi niñez al exilio de los tebeos de Mortadelo y a la soledad de las novelas de kiosco. Ni siquiera se me daban bien los partidos de chapas que jugábamos los chavales del barrio. Cuando tocaba fútbol de verdad y los capitanes echaban a suerte para elegir a los mejores jugadores, yo me quedaba siempre de los últimos, en el pelotón de los gordos, los gafotas, los cojos y los enfermos. Era una sensación lúgubre ésa de irse quedando al fondo de la caja, como la morralla abandonada sobre el hielo de la pescadería. “Si te quedas con Javi, a cambio tienes que llevarte tres de ésos”. Nosotros no éramos jugadores propiamente dichos: éramos el lastre, el hándicap del equipo. Una vez que les falló el portero me usaron de recambio y detuve unos cuantos balonazos por puro azar, varios de ellos mediante el procedimiento de hacerme un gurruño y taparme la cara con las manos. Cada vez que un delantero rival se acercaba a la portería, los de mi equipo se ponían a cantar a Los Calchakis: “Pum, pum, ¿quién es? Cierra la muralla”. Me escoció bastante pero a partir de ahí descubrí cierta simpatía por el guardameta de fútbol, el Gary Cooper del campo, y años después me atrajo de inmediato aquel sombrío título de Peter Handke, El miedo del portero al penalty.
En aquellos tiempos en que los chavales vivíamos a pie de calle, no era nada fácil construirse una identidad masculina fuera del fútbol. Más de una vez me cuestioné mi virilidad mientras leía a Neruda o escuchaba a Puccini. Más tarde comprendí que vivía en un país extraño donde la discusión política, más allá de la izquierda o la derecha, de la monarquía o la república, se resumía en si uno era del Barca o del Madrid, del Sevilla o del Betis. Un país que se indigna con el trato de favor a la infanta Cristina pero disculpa las deudas millonarias de los grandes equipos mientras contempla el fraude fiscal de Leo Messi como si fuera un regate. Un pueblo capaz de echarse a la calle si su equipo baja a segunda, pero que mira para otro lado al enterarse de que el Ayuntamiento de Madrid le echa todas las manos que hagan falta a Florentino Pérez o de que en el fichaje de Neymar hubo un pufo de más de treinta millones. Nadie ha definido tan bien esa pasión visceral e intransitiva como Eduardo Mendoza en una novela en que su detective bipolar va caminando por las calles de una ciudad completamente desierta a las seis de la tarde (creo que era Albacete) y al final entra en un bar y descubre a una muchedumbre agolpada frente al misterio del televisor. “¿Quién juega?” pregunta el muy ingenuo. Le responde un bramido unánime: “¡España contra unos cabrones!”

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